VIII
Para cuando la patrulla y el Cuatrohostias entraron en los talleres, en los monasterios de Compostela se preparaban para vísperas y en los mismos talleres se remataba la jornada. Algunos recogían. Otros barrían, en un vano intento por sacar de los talleres el tozudo polvo.
—¿Dónde cojones está esa lombriz de mierda?
Y el Cuatrohostias estornudó como un ternero, esparciendo mocos en todas direcciones.
Juanchón se puso tan nervioso que se le volcaron las tripas y descubrió, horrorizado, que tenía que apretar para no ensuciarse como un bebé de teta.
En la conmoción, la comadreja de Sisnando se acercó como si la cosa no fuera con él, pero estirando las orejas. Tenía a su lado a dos de sus acólitos, todos de la cuerda que prefería despotricar sobre el trabajo antes que trabajar.
Y aunque tuvo que sujetarse las tripas, Juanchón advirtió que la túnica de Sisnando era nueva, y de buena factura.
Y las botas y el cinturón. Pero el antiguo esportillero tenía el corazón demasiado blanco para pensar otra cosa que un chascarrillo, se calmó a sí mismo razonando que habría encontrado quien pagase por los piojos.
No sería hasta mucho tiempo después que Juanchón caería en su error. Y resultaría demasiado tarde.
A Gundisalvo no le dio un apretón, ya le hubiera gustado que fuera así. Y no se puso nervioso. Al contrario, mantuvo la calma. En su juventud quedaba alguna cuchillada por culpa de lo que la Juana tenía entre las piernas.
—Mejor que el santo cáliz —seguía diciendo cuando alguien preguntaba sobre aquel secreto.
Y los años le habían regalado la indiferencia de quien no tiene más esquinas que doblar.
Apoyándose en el bastón, el xebo alzó una nalga y dejó escapar uno de aquellos largos cuescos de ciruela.
—Pellejo del carajo —lo insultó el Cuatrohostias—, no me hinches los huevos —con una sonrisa que el novato de la patrulla conocía bien—, o te enculo como al panadero.
La amenaza cayó en saco roto.
—Para encontrar putas lombrices —respondió el viejo—, lo mejor es escarbar en el esterco de un gallinero.
E intervino Sisnando, que todo lo miraba como una lechuza en la viga de un granero lleno de ratones.
—¿A quién buscas?
El Cuatrohostias aguantó un estornudo pinzándose la nariz, con tanta fuerza que las cejas le blanquearon y el muñón de la oreja se puso colorado.
El buen humor que traía empezaba a disolverse, y su tono se volvió menos amigable.
—¿A quién cojones va a ser? A ese hideputa de Mateo.
En los ojos de Sisnando brilló el deseo de cantar para el capitán un recital completo, incluyendo las nanas que había mamado. Pero, como todos los demás allí, aunque fingieran lo contrario, no tenía idea de dónde estaba el maestro de obras.
Gundisalvo salió al paso.
—Está a murear con los pintores, en el escritorio.
La mentira no coló. El Cuatrohostias dio un paso hacia el cepo, con la mano, pegoteada de mocos resecos, de camino a la empuñadura de la daga.
E iba a abrir la boca, para aclarar el asunto por las bravas, con cuatro, siete o nueve hostias, cuando otro estornudo salvaje lo sacudió.
Fue entonces cuando llegó alguien más.