VII
A Ruy Ansúrez, aunque pareciese imposible, los años le habían agriado el carácter. Y si a Juanillo habían acabado por llamarle Juanchón, para el Cuatrohostias había más de uno que, a sus espaldas, se reservaba el uso de Sietehostias. Aunque el nuevo apodo no cuajaba, faltaba valor para usarlo.
Esa mañana en particular, podría haberse exagerado a Nuevehostias.
El día se le había cruzado desde el primer rayo de sol. Cuando aún estaban los monjes de maitines había tenido que rematar el asunto del panadero.
El hideputa cargaba las hogazas con los descartes robados a un herrador. Y a Ruy Ansúrez, que había conocido el hambre de niño, nada le encendía la mala uva como los que jodían con la comida.
Después de sacarlo a patadas de los establos del obispo, al panadero lo había dejado en las picotas de la Trinidad, aún con la helada barriendo el alba.
—Ni agua —les había ordenado a sus hombres—. ¡Cagüen las cuevas de Polop!
Pensaba dejarlo allí por tres días, con la esperanza de que a alguien se le escapase una pedrada que le reventase los sesos a aquel maldito panadero.
Y la mañana no había mejorado. Porque si algo le jodía más al Cuatrohostias que los que estafaban con la comida eran las labores de intendencia.
Pronto vendría el rey. Y el arzobispo quería Compostela limpia como una patena y lista para causar buena impresión.
Y al Cuatrohostias se le hinchaban las venas y se le ruborizaba aquel muñón que tenía por oreja cuando debía estar al tanto de que se limpiasen las habitaciones del palacio, se adecentasen las calles o llegasen suministros a las cocinas del arzobispo.
Para colmo, alguna peste había agarrado con aquel invierno que no quería terminarse. Y tenía las narices llenas de moco espeso, la frente embotada y ganas de beberse dos jarros de sidra para acabar por dormir la mona.
Arregló con un carnicero que traía media vaca en un carro, hurtó en las cocinas del palacio un trozo de torta recién horneada y se dirigía a ver la cillería cuando le dieron la noticia que le arregló aquella mañana de mierda.
—¡Repítelo!
El novato, que estaba en la guardia del arzobispo porque el padre, mercader de paños, había pagado para darle futuro a quien no tenía sesos para las cuentas pero sí fuerza de toro, se echó atrás.
—¡Me cago en las putas de Babilonia! ¡¡El boyero!!
Por fin mejoraba la mañana. Una buena noticia. Tan buena que le dio miedo no haber entendido. Podía cerrar, por fin, una herida veinte años abierta.
—¡¡¡Repítelo!!! —insistió el Cuatrohostias.
El muchacho, que tenía grandes ojos de vaca de camino al matadero, se pasó una mano por el rostro. Inseguro. Intimidado por la urgencia. Pero acabó por repetir la noticia, tal y como se la había dado el mensajero que llegara al galope del Penedo.
El Cuatrohostias tuvo que estornudar de nuevo, y limpiarse los mocos con el dorso de la mano, pero se las apañó para clavar en su rostro una sonrisa que, a juicio del joven soldado, bien podría haberse tallado en alguna de esas piedras que representaban a demonios.
—El arzobispo se va a cagar en Dios —le espetó el Cuatrohostias—. Pero ese cabrón, ese hijo de la grandísima puta no se me escapa esta vez.
El muchacho, con más liendres que sesos en la cabeza, aún no había aprendido que un capitán sólo responde a lo que no hace falta preguntar. Se pasó la lengua por los labios y se atrevió a abrir la boca más de un pellizco.
—¿Quién?
Primero cayeron las cuatro de toda la vida. Llegaron a siete. Y sumaron nueve.
Y con un suspiro amargo, pero de mucho mejor humor, de un humor excelente, el Cuatrohostias consiguió no gritar.
Ruy Ansúrez se sonó ruidosamente en la mano, sacudió los dedos para sembrar el suelo de mocos y, mirando de soslayo la enorme cara enrojecida de aquel novato, dio la orden que llevaba una vida esperando.
—Junta una patrulla. Vamos a los talleres... Hay que apresar al maese.