V
Disimularon. Lo mejor que pudieron. Y hubo preguntas, muchas más, pero el viejo las esquivó. Además, de las obras y de lo pendiente podía ocuparse, y Juanchón ayudó, trabajó como un mulo.
De tanto en tanto intercambiaban miradas preocupadas.
Pero no se atrevían a enviar a un esportillero a casa del maese con dos de todas aquellas preguntas.
No querían levantar la liebre, no después de los rumores de meses.
No querían echar leña a los fuegos que Sisnando avivaba.
Aquel desaguisado podía suponer la gota que colmara el vaso y dar a los descontentos la excusa para poner los talleres patas arriba.
No lo encontraron. Pero aguantaron.
Pasó la hora del almuerzo, y el viejo Gundisalvo rumió una de las tortas de Cirilo.
Pasó el herrero para preguntar por unos clavos que hacían falta en los andamios.
Y Malaquías, que ya no trabajaba porque su hijo había heredado el puesto, también se acercó, para charlar de los viejos tiempos, para ver cómo iban las obras, porque, tras cuarenta años picando, ahora que las cataratas le habían quitado el trabajo, se acercaba a menudo,
lleno de una melancolía cargada de buenos recuerdos y limpia de sabañones, golpes, toses y hambre.
Como si todo lo vivido en los talleres hubiera sido maravilloso.
A Sisnando, cuando preguntó, el viejo lo mandó a peinarse con viento fresco, que iba muy bien para soltar los piojos. Y a dos buhoneros que vinieron ofreciendo esparto a buen precio los mandó a hablar con los sogueros.
Juanchón y Gundisalvo aguantaron, le cubrieron las espaldas al maese.
Aguantaron.
Hasta casi el final de la jornada. Hasta que llegaron aquellos seis. Y el corazón del viejo se saltó dos latidos, como si le hubiera entrado hipo.
Juanchón se acercó de inmediato. Aunque dudaba de que tuviera ya remedio. Pensó que venían a entregar la peor de las noticias. Y, cuando miró al xebo, descubrió el mismo temor.
No había sido en una de las grúas, eso podía verlo, sin embargo, estaba convencido, los dos estaban convencidos, de que, en algún lugar, habían encontrado una soga y un cuello partido. Un cuello que los dos echarían de menos.