Suseia (Camino de Santiago 2) IV
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IV

Apoyó al viejo en los restos de la márfega del maese, con mimo, como papel mojado. Y encontró un cuenco con algo de agua. Después de olerla, para asegurarse de que lo que chocholeaba en su interior no estaba podrido, como la leche, se la ofreció.

—Bebe, xebo. Por la Virgen. Bebe, respira —palabras apresuradas, empujadas por el miedo.

Torpe, Juanchón intentaba apañar todo a la vez. Ofrecía el agua, soltaba el capote encerado del viejo e intentaba abanicarlo con una de sus manazas.

—No me ghiches ahora y te me mueras en los brazos. Respira y te encuentro a la Juana.

Los años habían encogido a uno y agrandado al otro, parecían un padre con un chicuelo enfermo.

Cuando el corazón del viejo recuperó el paso y dejó su loca carrera, las arrugas se alisaron.

—Qué susto, Virgen Santa, qué susto, ¿estás bien, xebo?

Y antes de que el viejo contestase, todavía con restos de la ciruela pegados a las magras muelas, Juanchón siguió hablando:

—¡Hijos de cabra loca! ¡Panda de malparidos! ¿Cómo han podido?

Más tranquilo, examinaba el desastre. Los dibujos, las astillas, el jarro roto, el camastro descompuesto.

—Despisa todo antes de que vengan —jadeó el viejo—, ¡recoge! Que no lo vean, ¡carajo!

Indignado, Juanchón resopló con la fuerza de un toro. Tanta que a Gundisalvo se le revolvieron los pelos y cató las cebollas dulces que el otro se había apretado para desayunar.

—Verlo, ¿verlo? Se lo van a tragar, xebo, se lo van a tragar.

¡Lo juro por la Santa Virgen! Me voy a ocupar de que ese piojoso de Sisnando se coma toda esta lana, por la Virgen —juró de nuevo, besándose el pulgar cruzado sobre el puño—, ¿cómo han tenido el cuajo?

Las van a pagar, xebo, todas. Hacerle esto a maese...

El viejo Gundisalvo negó como pudo, incorporándose, todavía con el pecho lleno de incordios, inseguro de si su corazón latía o repicaba.

—Recoge todo esto —jadeó—, que no lo vean al llegar ¡carajo!

Juanchón iba a protestar, una afrenta así no podía quedar sin castigo. Estaba convencido de que había sido una barrabasada de Sisnando y sus secuaces. Pero el viejo Gundisalvo sabía más por viejo que por diablo.

—Non. Itoiz —balbució reconquistando el aliento—. No fueron ellos...

La indignación de Juanchón se convirtió en preocupación. Él, como el xebo, como todos en los talleres, le debía mucho a maese Mateo.

—¿Está bien?, ¿dónde está?, ¿qué le ha pasado?

El viejo tenía las mismas preguntas. Y sólo una respuesta.

—Hay que encontrarlo...