III
Hubo suerte. El siguiente fue Juanillo, que ya no era un muchacho, aunque siguiera lampiño, sino más bien un buey al que los años de esportillero habían cargado de hombros.
Con pecho de Hércules y brazos capaces de levantar la más pesada de las marras como un martillito de orfebre, ya nadie le llamaba Juanillo, todos le decían Juanchón.
Se había convertido en un hombre noble, y sus mejillas, sin rastro de barba, acentuaban un rostro redondo y franco. Era de esos pocos cuyo aspecto dice la verdad. Capaz de ir de frente, aunque caminase de espaldas.
Y fue Juanchón el que sujetó al viejo Gundisalvo antes de que cayese. Había soltado el bastón y se había llevado las manos al pecho.