Suseia (Camino de Santiago 2) II
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II

El gallo desafinó al primer intento. Al segundo se le trabó la lengua, pero al tercero cantó al alba y, apenas una misa más tarde, el xebo Gundisalvo salía de la pensión donde vivía gracias a que Mateo pagaba la renta.

Unos años antes, Mateo le había prohibido trabajar con las macetas y los cinceles, le había prohibido seguir durmiendo en los barracones, y le había ofrecido un hogar limpio, caliente y con buena comida.

Desde entonces, cada mañana, después de que aquel condenado gallo se trabucase, Gundisalvo y su bastón de madera de tejo estaban siempre de camino a los talleres antes incluso de que el sol se anunciase por levante.

Y Gundisalvo, para quien los años no habían pasado en balde, que ya apenas soñaba con las piernas de la Juana, que cada vez contaba más a menudo lo de aquella bronca con dos castellanos en la vieja taberna del Rano, iba pensando en que había que achuchar a los sogueros,

porque una de las grúas necesitaba reemplazar el encordado.

Como único desayuno rechupaba ciruelas pasas que le ayudaban a mover las tripas.

La edad le había endurecido las tripas y aquel remedio de meiga era lo único que le impedía que hacer de vientre fuera como echar bolardos por el único agujero de su cuerpo con el que Juana no había jugado nunca,

al viejo Gundisalvo le había dado miedo que fuera a gustarle y terminar por pecar de sodomita.

Tenía que chuparlas, resobarlas, y molerlas con las encías, más que con las muelas, de las que sólo le quedaban dos, y una estaba astillada.

Pero esa mañana no hizo falta. Se tragó la que tenía en la boca en cuanto llegó a los talleres.

—Xilón... ¿Qué has hecho?