Astillas y sangre
I
Compostela había crecido. Se quitaba el ajuar de pueblo y se vestía de ciudad.
Aun así, dentro de murallas no todo eran albergues, tiendas, talleres o almacenes en pos de negocio.
Alguna casa quedaba que se aferraba a los viejos tiempos.
Granjas, con un gorrino en los años malos, dos en los buenos.
Con gallinas correteando por la era. Incluso labrantíos con huerto para apañar algo de comer, judías en verano, grelos en invierno.
Una de ellas, aferradas a lo que el presente amenazaba y el futuro arrasaría, estaba entre la Rúa Nova y el barrio de los caldereros.
Era de una viuda que se apañaba con sombras y se negaba a vender pese a las muchas ofertas.
Al último que había intentado comprarla, un gordo vinatero al que decían cuñado del maestro de obras; lo había echado la viuda de malas maneras, amenazando con ensartarle el barrigón con una horca de la que colgaba una maraña del heno con el que alimentaba a su borrica.
Y había en esa casa un gallo, pardo bermejón, al que le faltaba un trozo de cresta, de un mal encuentro con uno de los gatos de los talleres. Y ese gallo tenía una ronquera peculiar, cantaba cada amanecida, pero más bien parecía que se le había atravesado un pedrusco en la molleja.
Aquel gallo ronco despertaba al xebo Gundisalvo que, pese a los años, había tomado la costumbre de ser el tercero en llegar a los talleres, después del padre y del hijo.