XX
No lo hizo.
El viejo Remigio lo había guardado.
Arrio había querido llegar al cielo con sus arrías y se había condenado a los infiernos.
Y no había hecho falta una bestia de terribles garras que le destrozase los costados tirando hacia el abismo. Lo había hecho él solo al desobedecer la ley de la piedra.
Diecisiete. Y la madre del esportillero. Y su padre.
Mateo miró hacia la grúa de rueda y, entre la niebla, despuntando en la helada, descubrió al ahorcado. Encontró a su padre. Colgaba del dogal, se balanceaba iluminado por la esquirla de luna en el cielo. Muerto.
Podía haberse marchado a la cantera para encontrar su piedra. Debía haberse marchado para buscar a su hijo. Pero lo que Mateo hizo fue acercarse al viejo cepo.
Y rebuscó en el lateral ahuecado hasta encontrar aquel cuero aceitado que le había dado el viejo Remigio.
—Demenció.
Jamás la había usado. Pero conocía el tacto. El frío del viejo hierro. El calor de la vieja madera. La había sostenido mil veces y no la había usado una sola vez. Ni una sola.
Había aprendido a preparar sus propias herramientas. Había trabajado en todos los puestos de los talleres. Había soñado desde siempre en borrar el fracaso de su padre.
Y no había querido seguir los pasos de su padre.
La sacó del cuero aceitado. Una última vez. Para deshacerse de ella.
—Tendría que darnos algo a cambio...
Los rostros se habían iluminado. Una magnífica ocurrencia. Los dos habían asentido. El anciano y el joven. Y Mateo supo de inmediato qué haría. Y lo que haría no era lo que debía hacer.
—... algo a cambio de la Gloria —dos voces que eran una.
El viejo y el joven asintieron de nuevo.
Y se hicieron uno. Como la melodía, se fundieron. Y Mateo ignoró la barba del viejo, que se volvió por un parpadeo en escamas cubiertas de un limo grimoso. Y Mateo ignoró los cabellos del joven, que se volvieron por un parpadeo finas lombrices.
Mateo la sacó del cuero aceitado y la sostuvo en sus manos temblorosas. Fue hacia el joven y el anciano, arrastrando los pies. Esparció leche podrida, astillas, cuerdas, lana del camastro.
Sostenía entre las manos lo único que le quedaba de su padre a excepción de la vergüenza con la que había cargado toda una vida.
Ni siquiera lo habían enterrado en el camposanto. Ni siquiera le habían dado sepultura en el cementerio de la Trinidad. Había muerto en pecado mortal. Y había matado a diecisiete personas. Dieciocho incluyendo a la madre del esportillero.
Lo habían enterrado al pie de un cruceiro, en un cruce de caminos, como a los niños que morían antes de ser bautizados.
Ni siquiera podía visitarlo.
Era cuanto le quedaba de su padre. Se la había dado el viejo Remigio.
Mateo se arrodilló frente al anciano y al joven. Y les ofreció lo único que podía. Algo único. A cambio de la Gloria.
La maceta de su padre.