Suseia (Camino de Santiago 2) XIX
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XIX

Mateo sabía que no debía hacerlo. Algo en el interior de sus sesos gritaba, aullaba, arañaba. No podía hacerlo. No.

Pero lo había entendido.

Allí estaba la maceta de Triboulet. Con sus herramientas, la había usado durante veinte años. Y también el viejo cepo.

Lo había comprendido.

—Demenció.

Eso había dicho el viejo Remigio. Y ahora Mateo comprendió al fin. Y supo lo que tenía que hacer. Y supo que no debía hacerlo.

Sus manos temblaban. Los tendones en sus antebrazos, tan tensos, crujieron. Y tenía la boca rebosante de un sabor metálico, como si se hubiera mordido la lengua y sangrase. Y sus ojos, uno de cada color, palpitaban dolorosamente.

No debía hacerlo.

No podía hacerlo.

No sabía por qué. Pero lo sabía.

Se lo decían las tripas, no podía fiarse del joven y el anciano. Acab y Acaz, reyes malditos del viejo Israel, donde los hebreos habían esperado la llegada del Mesías. Como en su arcada izquierda. Como en sus diseños. Dos que jamás ascenderían a los cielos.

Humilló el rostro.

Allí, en el suelo, con el instrumento roto y la leche podrida, con las astillas del camastro, allí estaban sus dibujos.

Sólo tenía que dar unos pasos, acercarse hasta el cepo.

Eran tres pasos. Y una vida entera en aquellos tres pasos. Pasado. Presente. Futuro.

No podía hacerlo. Tenía que ir a buscar a su hijo. Eso era lo que debía hacer. Y miró a la noche, más allá del anciano y el joven, más allá de la helada, por donde su hijo se había marchado y había llegado el silencio.

Tenía que caminar hacia allí, en busca de su hijo.

Pero, tres pasos atrás y alcanzaría el cepo, el viejo cepo de sus herramientas, el que ahora usaba el xebo para sentarse.

—Es maravilloso —susurró Mateo entre jadeos.

Recordaba aquel dibujo del gorrión. Eso era lo que le tenía que haber dicho aquella noche.

—Estoy orgulloso de ti —balbució.

Y se hubiera refugiado en aquella calidez. Papá. Tan pequeño y tan grande. Diminuto y enorme.

Papá.

Lo que él no había tenido, lo que Arrio jamás le había dado. No, Mateo no cometería el mismo error. El padre no sería como el abuelo, el nieto no viviría como el hijo.

Papá.

Tenía las narices ahogadas en moco. La garganta recocida en vinagre. El pecho relleno de grava. Y los ojos, uno de cada color, de hierro al rojo.

Sabía lo que debía hacer, pero no lo hizo.

No pudo hacerlo.