Suseia (Camino de Santiago 2) XVIII
40%

XVIII

Su hijo le dejó silencio. Ellos lo rompieron.

La melodía, enfebrecida, imposible, salía de sus manos. Manos sin manchas, sin sabañones, con articulaciones que no se habían hinchado. Y manos que volaban. Era imposible. Y era la misma que veinte años atrás.

Discordia.

Y la música se detuvo de pronto. Tan brusco que se rompió. Tan rápido que el silencio azotó los oídos de Mateo.

Braceó. Falló. Tuvo que volver a colocar la maceta en el cinto y apoyarse en el rostro sin terminar del apóstol. Mateo se alzó con piernas temblorosas, reuniendo coraje. Sin querer, acabó por tirar de aquel barragán. Y la pesada tela cayó con un susurro. Cayó hasta el suelo. La talla se desnudó.

Y quedó frente a él. Frente a sus ojos desorbitados quedó aquel pobre desgraciado que intentaba escapar de las garras que lo llevaban al infierno.

Discordia.

Eran dos. Dos jóvenes. Dos ancianos.

Y Mateo quiso gritar, pero no pudo.

A la vez, como unidas por hilos, ambas cabezas se volvieron hacia Mateo. Parecían hermanos del mismo parto. Eran dos ancianos. Eran dos jóvenes. No eran hombres.

Los dos a un tiempo. O uno solo. Era imposible decirlo, pero las manos señalaron y Mateo, con horror, pensó que señalaban hacia lo que quedaba del instrumento de su hijo.

—Itoiz. ¡Nada! ¡¡Nada os debo!! ¡¡¡Nada!!!

Mateo quería chillar, aullar. Pero las manos señalaban y el miedo se ahogó en arrepentimiento.

¿Qué había hecho?

Su hijo. El niño. El que hacía volar gorriones.

Pero no señalaban aquella maraña de cuerdas y astillas, señalaban los dibujos de Mateo. Los borrones.

Señalaban los miedos de Mateo.

—Empezó lo que no sabe terminar... —el joven, o el anciano.

—... no sabe terminar lo que empezó— el anciano, o el joven.

Y las manos brincaron. O desaparecieron y volvieron a aparecer, envueltas en jirones de helada.

Los chuchos ladraron en los callejones. Otra cuña de castaño hizo su trabajo, un bloque se rindió.

Era imposible. Pero se habían desvanecido.

Las manos, por un instante. Y habían vuelto a aparecer, de la nada.

Como zarpas hambrientas. La piel de los brazos se arrugó.

Se encogió. Se transformó en escamas. Por un parpadeo, por un mísero parpadeo, las manos fueron garras, garras afiladas de las que goteaba algo pegajoso en negros cuajarones que cayeron en la leche podrida, en sus propias lágrimas.

—A un lado los hebreos esperan a su Mesías... —el anciano, o el joven.

La arcada norte.

—... al otro los hombres son juzgados —el joven, o el anciano.

La arcada sur.

—Y el caos, la miseria, la perdición —dos convertidos en uno—, la condena, el abismo, el fracaso —una sola voz—, la miseria, la vergüenza, la desesperación...

No se callaron. La lista interminable. El fracaso en un borrón de carboncillo. La arcada central, la más importante del pórtico.

Y el anciano, Acab, arrugó los labios. O fue el joven, Acaz. O los dos a un tiempo. Y, por un parpadeo, las bocas se llenaron de colmillos, los rostros se volvieron de fuego. Por un mísero parpadeo.

Ambos asintieron, de un modo extraño, como si la horca les hubiera partido el pescuezo.

Los gritos temblaban en los labios de Mateo.

—Itoiz... ¡Fuera! ¡¡Salid de aquí!! ¡¡¡No volváis!!!

Pero no lo hizo. Mateo no pudo hacerlo. Tenía que saber.

Y ellos lo sabían. Tenían el aire travieso de un chiquillo con un secreto. Ellos sabían cómo hacerlo. Cómo acabar con los borrones, con las dudas, con la angustia.

Avanzaron. No dieron un paso, pero avanzaron. Se acercaron, aupados en la niebla helada. Se deslizaron. Como las manos, sus pies desaparecieron. Aparecieron. Y, por un parpadeo, sólo uno. Mateo vio pezuñas negras.

Y seguían hablando. Los dos. Uno solo. Ambos a la vez. No podía distinguirlo. Sonaban allí, delante de él, y también a sus espaldas. Más allá de los bloques de granito. Entre los puestos de los talleres.

Algo pateaba su nuca. Podía hablar, pero no lo hizo, quería escuchar.

—El pordiosero se convirtió en príncipe...

Uno.

—... el príncipe en rey...

El otro.

—... el rey en emperador...

Ambos.

—... el emperador en dios...

Ninguno. Sólo una voz en la helada.

Discordia.

Oh, discordia.

—Tendría que darnos algo a cambio...

—... algo a cambio de la Gloria.

Y asintieron, el uno para el otro, ignorando al cantero que, desesperado, los miraba pisando los cuajarones de leche podrida y sus propios dibujos. Sus lágrimas. Su fracaso.