XVII
No podían ser veinte años. Una noche, como mucho. Unas horas. Ni siquiera eso.
Y el viejo no había muerto.
El rostro de Mateo se había curtido. Sus manos, estropeado. Cuando soplaba, los cabellos que barrían su rostro destellaban blanco. Tenía que estirar los brazos para ver lo que sostenían sus dedos y, cuando lo miraba, sus ojos, uno de cada color, quedaban encerrados en una telaraña de arrugas.
Y el viejo no había muerto. O ya había estado muerto veinte años atrás.
El joven no había ganado peso. No había perdido pelo. Sus pasos eran elásticos. Había estafado a los años. Se había escondido de la edad.
Tampoco había muerto. Quizá, si no envejecía, no podía morir.
Quizá no podían morir. Ninguno.
Envueltos en la helada y con el manto de aquella música enloquecida. Venían hacia él. Caminaban a la par, tocaban aquel maldito chisme. Y las cuerdas hacían vibrar el frío de la madrugada.
No era la bestia.
No era su hijo.
Eran el anciano y el joven. Acab y Acaz.
Uno de los bloques crujió su lamento, rendido a la helada. Y Mateo comprendió que llevaba veinte años mintiéndose.
Aún tenía en la mano la maceta de Triboulet.
Habían estado allí hacía veinte años, y ahora regresaban. Por segunda vez.