XVI
Mateo, el hijo, se había ido. Sin una palabra.
Y el silencio fue el más duro de los castigos. El silencio azotó a su padre hasta descarnarle las costillas.
Hubiera sido más fácil escuchar los gritos. Aguantar la rabia. Y, aunque se odiase por ello, el padre hubiera preferido consolarse con el dolor del hijo. Saber que aquella violencia, que todo aquel daño, había servido de algo.
Pero el hijo había conservado la entereza. Se había ido sin una sola palabra.
Se había ido, quizá para siempre.
Sobre los cuajarones de leche podrida cayeron tres lágrimas.
Y por entre la madeja rota de las cuerdas del instrumento se escurrió el alma de maese Mateo.
Silencio.
Mateo sabía qué debía hacer. Lo sabía. Hervía dentro de él la necesidad de ir en busca de su hijo. Gritar que se arrepentía. Pedir su perdón.
Es más fácil arropar los errores en la oscuridad que arrojarlos a la luz. Aunque esos errores arrastren el alma hasta el fondo del abismo.
No pudo hacerlo.
Y su alivio fue enorme al ver que regresaba. Su hijo volvía. Y Mateo se sintió orgulloso de que su hijo tuviera dos tallas más que él. Sería incapaz de decírselo. Pero su corazón echó a galopar. Allí estaba su hijo, entre la niebla helada, venía hacia él.
Tenía que ser su hijo.
La luna se esforzaba por deshacer la helada. Lejos, en los rincones de la ciudad, los callejones ladraron.
El tufo a podrido creció. La maraña de las cuerdas encontró su sonido y un acorde disonante tembló bajo la luna. No podía ser. Mateo miró a su víctima, aún con la maceta en la mano.
No. No podía salir de allí.
Era imposible.
El instrumento de su hijo estaba muerto.
No podía ser cierto.
Pero la verdad, como los errores, es testaruda.
La helada se preñó de notas. Una melodía llenó la noche, les contestó a los callejones. Una melodía insana.
—Demenció —había dicho el viejo Remigio.
Discordia.
Una melodía. No. Dos. Dos melodías que fornicaban. Con frenesí. Tan rápidas que enloquecían. Los ojos lagrimeaban. Los dientes castañeteaban. Dos melodías que se hacían una.
Oh, discordia.
No era su hijo.