Suseia (Camino de Santiago 2) XV
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XV

Mateo no se movía. Era como el apóstol encerrado en piedra. Como aquel pobre desgraciado que tallara Triboulet. Nunca antes se había sentido tan solo.

Ni siquiera cuando mendigaba o robaba por las calles de Compostela.

Su padre había creído que podía doblegar la piedra, su padre había pisoteado la ley. Arrio había olvidado que la piedra exigía un precio y su ambición lo había condenado.

Arrio levantó su torre y se olvidó de que la piedra mandaba. La hizo crecer. Más y más alto.

Pronto los talleres y las obras se llenaron de rumores. Los arxinas miraban y negaban. Jamás se había hecho algo así. Y por algo sería. Antes del derrumbe los chismorreos ya habían echado abajo el engendro de Arrio.

Había soñado con hacerla grácil, un pájaro echándose a volar. Y había ignorado la ley de la piedra.

Pagó un precio impagable.

Derrumbes los había habido siempre. Las malas lenguas incluso decían que uno de los peores, justo antes de las revueltas de cincuenta años atrás, había sido provocado.

Se contaba que el mismísimo Gelmírez había querido acabar con los hombres del Concejo.

Se contaba que había sido una banda de ladrones.

Que había sido la reina Urraca para acabar con el arzobispo.

Y nadie sabía la verdad. Sólo que los derrumbes sucedían.

La ambición de los hombres tiene el mal hábito de desmoronarse.

Arrio había querido llegar a los cielos y se condenó a los infiernos, con el peso de diecisiete vidas cabalgando su conciencia.

Uno de los pocos recuerdos que le quedaban a Mateo era el de aquella pescadera golpeando el pecho de su padre, una y otra vez, con los nudillos hinchados, las escamas brillando sobre la piel arrugada.

Golpeaba el pecho de su padre. Clamaba al cielo y pedía explicaciones.

—Meu fillo!

Caían los puños otra vez, con un sonido hueco, sobre el pecho hundido por la vergüenza.

Mateo aún podía recordar el brillo de las escamas de pescado. La mujeruca golpeaba y aquellas escamas brincaban en el aire, y caían a los pies de su padre después de robarle dos destellos a una mañana que, de tan limpia, parecía inapropiada para entregar tantas vidas a la tierra.

Diecisiete. Incluyendo un esportillero que no tenía ni diez años.

Y la cuenta siguió creciendo.

Moriría su madre, a la que se le consumieron los pulmones y no tuvo fuerza para continuar. De nada sirvieron sus rezos, exprimidos entre puños donde brillaban escamas de pescado.

Dieciocho.

Y antes murió su padre.

Diecinueve.

Arrio se ahorcó, en las poleas de la grúa de rueda, al pie del derrumbe que había causado.

Y hacia allí miró Mateo.

Cuando se volvió hacia las obras se cortó una rodilla con un trozo del jarro roto. Y el pelo bailó sobre su cara, barrió la nariz y dejó que sus ojos quedaran abiertos en la noche.

No podía verlas, pero estaban allí, una en cada torre. No importaba aquella niebla helada. Estaban allí, las dos. Dos grúas de rueda. Listas para continuar el trabajo en cuanto cantase el gallo.

Era hijo de su padre.

No tenía que caminar más que cincuenta pasos. Sólo eso. Y sabía cómo hacer el nudo. Había empezado a trabajar en los talleres siendo un niño. Había ayudado al herrero, a los carpinteros. A los sogueros.

Algo había quedado tenso en las tripas del instrumento y se soltó con un latigazo que, de pronto, arrancó un lamento a las cuerdas.

Esta vez no se confundió.

Supo al instante que no era aquella bestia de sus pesadillas.

Algo se movía además de la helada.

—Mateo...

El gato salió corriendo.

—¡Mateo!

Alguien venía.

—¡¡Hijo!!