Suseia (Camino de Santiago 2) XIV
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XIV

Se movía la helada, cabalgaba la niebla. Y se movía Ferruxo, que se subió sin el menor respeto al apóstol tallado veinte años antes. Se sentó en el regazo del Zebedeo y miró con curiosidad aquel guiñapo.

Quizás en un establo, rascando bajo una bosta, podía encontrarse algo con mejor aspecto que aquel pobre desgraciado.

El hombre, lo que quedaba de él, no se movía.

De rodillas. Ahogado en caos. Su alrededor, roto. El camastro. El jarro. El instrumento.

Su alma.

Del maese Mateo no quedaba ni una mísera sombra, la noche le negaba aquella gracia.

El gato lo miró. Condescendiente, curioso.

Levantó una de las manos para lamerla y limpiarse los bigotes, poco antes había atrapado a un topillo que corría por entre el heno de los bueyes.

Iba a acicalarse cuando se volvió de pronto, tiesas las orejas.

Algo se había soltado en el instrumento destrozado, una clavija, una tecla enredada en una de las cuerdas.

Y el organistro dejó en la helada una última nota.

Pero no fue esa nota la que hizo que el gato clavase sus ojos en la niebla.

Se le erizó el pellejo, le bufó a la noche, y salió corriendo.

Algo se movía además de la helada.

Alguien venía.