Suseia (Camino de Santiago 2) XII
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XII

Conocía a su padre. Conocía sus fantasmas. Sabía lo sucedido con su abuelo. En los talleres nunca faltaban los susurros. Más aún en los últimos tiempos, los arxinas estaban resentidos por las largas horas, por las prisas. Y el resentimiento soltaba las lenguas. Azuzaba rencores.

Sisnando se lo había contado, mientras aplastaba entre las uñas a los inquilinos que campaban por sus sucias guedejas.

El viejo Gundisalvo no lo había negado. Su abuelo Arrio había cometido el peor de los pecados, se había consumido buscando el imposible.

La torre se había derrumbado. Y la muerte había tiznado, con el carboncillo más oscuro, los cimientos de la catedral.

El hijo conocía al padre. Y el hijo tenía buen corazón.

Y le dolió el dolor que vio. Tanto que el rencor se desvaneció. Tanto que el arrepentimiento lo empujó. A punto estuvo de caerse.

No podía arreglarlo. No sabía cómo arreglarlo. Se había roto, como aquel jarro que había pisado. Olía igual de mal que aquella leche podrida. Pero quiso intentarlo.

—¿Padre?

Padre, no papá. Padre. Padre, más frío, mucho más pequeño, ni de lejos igual de grande. Padre.

Y el padre era una de sus estatuas. Se había vuelto piedra, arría. El hijo señaló los dibujos, señaló las torres, las escaleras, envueltas en la niebla helada. La capilla. Abrió la boca. La cerró. Tragó. Miró a su padre. Y quiso borrarlo todo de un plumazo.

—Padre, lo conseguiremos.

Y aquella idea de abrazar a su padre volvió a antojarse cálida.

—Puede hacerse.

El hijo se corrigió:

—Puedes hacerlo. Encontrarás cómo llevar la Trinidad.

Pero el padre no reaccionaba. No se movía. Como si ni siquiera respirase. Y, perdido, el hijo sólo supo repetirse.

—Lo conseguiremos. Será el más bello de los pórticos.

—¡No! Itoiz!! No lo conseguiremos si sigues perdiendo el tiempo con este triso.

¿Dónde estaba su niño, el que echaba los gorriones a volar, el que le llamaba papá?

No lo hizo adrede. No quería hacerlo. Pero la tormenta estalló. Y los relámpagos no regresan a los cielos. Los truenos no saben callar.