Suseia (Camino de Santiago 2) XI
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XI

Sólo veía la espalda de su padre. Que levantó una mano que era miseria, cubierta de sabañones, que resopló un aliento que hilvanó la helada, que se pasó aquella mano por el cogote.

El hijo sintió pena. Como si la helada se le hubiese colado dentro.

—¿Papá?

Su padre se ahogaba.

—Lo conseguirás.

Se lo dijo acercándose, con un abrazo hecho de intenciones. Con el recuerdo de aquellas noches en las que volaban gorriones.

—Antes lo fixera —escupió el padre.

Fue un gruñido. Regresó aquel chucho con los belfos llenos de espumarajos. Con los colmillos al aire. Rabioso.

—Antes lo fixera. Si no tuvieras la cabeza llena de pájaros.

Un cubo de agua fría. Y ahora la pena ahogaba al padre y al hijo. El padre tenía que pedir ayuda, y no se atrevía. El hijo quería compartir sus pasiones, y no se atrevía.

Tendrían que haberse detenido.

No pudieron evitarlo. Caían por un abismo, como aquel maldito socavón que había condenado las obras.

Querían detenerse. Cada uno tenía lo que el otro necesitaba.

No lo hicieron.

—¡Siempre he cumplido! —se defendió el hijo—. Nunca, jamás, me he ido con trabajo por terminar —y alzó la voz—. He hecho todo lo que me has pedido... ¡Todo!

El hijo se arrepintió. Pero no podía esconder las palabras. La helada partía un bloque, y lo hacía para siempre. La piedra se rompía. Y no podía arreglarse.

El padre gruñó.

—Tenemos que rematar nosotros. Acábase el tempo!

Le dolió gritar y, aun así, gritó. Gritó, aunque no quiso hacerlo.

Y al padre se le desgarró algo dentro, cuando vio el dolor en los ojos del hijo. Ojos que eran claros y limpios. Ojos que no habían pagado el precio de la piedra.

—Trabajo más que ninguno de los otros —el rencor asomaba por el quicio de la puerta—. ¡Soy el más rápido!

El hijo se dio cuenta, se defendía. Y comprendió que estaba yendo demasiado lejos.

—¡¡Y no tengo que estar aquí!! —le espetó al padre.

Resopló sin advertir que el gesto no era suyo, que su padre se lo había prestado.

—¡El cabildo me ha ofrecido tocar...!

El hijo no pudo contenerse. La presa se desbordó. El hijo escupió lo que había guardado tanto tiempo. Lo que había soñado en secreto. Lo escupió de carrerilla, golpeando con cada palabra.

—¡¡Tocaré el Ordo Prophetarum de la próxima Natividad!!

Ya no había vuelta atrás. Pero la rabia empezaba a diluirse.

—El arzobispo en persona —había orgullo en la voz del hijo, pero las fuerzas flaqueaban— me lo ofreció. Me escuchó tocar en Antealtares con los frades... Él me lo pidió.

El hijo quería hablarle al padre. Necesitaba explicarle. Pero aún quedaba algo de aquella rabia, un último coletazo brutal. Y ya no gritó, pero no pudo evitar que aquellas palabras también se escaparan.

—No me importa la catedral, y no me importa tu maldito pórtico...