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—¿Qué haces con ese triso?
Tras un parpadeo de estupor. Tras despegarse los calzones húmedos. Tras escudriñar la helada para estar seguro de que podía fiarse de sus ojos. Entonces el padre avanzó hacia el hijo, como una avalancha, escupiendo la pregunta. Gritando a pleno pulmón.
—Qué fas?
Ahora el hijo dio dos pasos atrás. Y tropezó con uno de los trozos de jarra, y el organistro se quejó.
—Quería salir pronto para...
El hijo se detuvo. Un bloque crujió. El añico crujió. Y reparó por primera vez en la expresión de su padre, en el camastro roto. En los dibujos, mal escondidos, que sobresalían bajo la márfega de lana apelmazada, entre las astillas de la pata del camastro.
—¿Estás bien?
Y el padre entornó los ojos, con aquel mirar suyo que parecía caerse, deslizarse pendiente abajo desde un lado de su rostro hasta el otro. Y sopló el pelo que caía sobre su rostro.
—De onde sacaste ese triso?
El hijo retiró los brazos de las correas y apoyó el organistro en el suelo.
Dejó aquella música convertida en madera y tripa contra el camastro que, como la mirada de su padre, estaba ladeado.
Lo posó como si un soplo pudiera romperlo.
Apartó las manos con la dulzura de un primer beso.
Y las cuerdas, al asentarse, suspiraron, vibraron lamentando que las manos que necesitaban las abandonasen.
Entonces miró a su padre. Y el rostro del joven estaba lleno de preguntas. La preocupación tiraba del ceño. Los labios fruncidos intentaban espantar el miedo.
—Papá, estuve ahorrando...
Al hijo le costaba creer. Pero su padre se había perdido. E intentó encontrarlo.
—¿No lo recuerdas?
El hijo se acercó. Con la decisión de un niño cruzando un pasillo oscuro en medio de la noche. Espantando miedos.
—El tío...
Un temblor recorrió las cejas del padre. El hijo continuó buscando palabras.
—Mamá dijo...
Aquel ojo, más oscuro que el otro, brillaba de un modo extraño.
—¿Estás bien?, ¿has comido algo?
No entendía, no podía hacerlo. Ya no hablaban. Ya no compartían sueños. Aun así, la preocupación del hijo era sincera.
—¿Has dormido?
Uno de los bloques crujió. Uno de los chuchos que merodeaban los callejones ladró, lejos. Y sonó una palmada.
—Lo primero es la piedra —bramó el padre—, ¡la catedral! Murear.
El hijo se quedó donde estaba. No quería. Algo amarillo burbujeó en su interior. No pudo evitarlo, sintió desconfianza. Había algo salvaje en su padre. Algo que recordaba a un animal acorralado.
—Bai. Hay que finar.
—¿Papá?
Como ofrecer un currusco a un chucho que gruñe y enseña los colmillos. Con los belfos llenos de espumarajos, los ojos perdidos. El hijo temió que mordieran su mano. Pero lo hizo igualmente. Espantó la desconfianza y lo hizo.
—¿Puedo verlos? —preguntó, agachándose para recoger los dibujos.
Y funcionó. Aquel chucho se lamió los labios y acercó los hocicos al currusco. Los gruñidos eran ecos lejanos. Algo se dulcificó en la expresión del padre. Y el padre señaló aquel glotón que no podía tragar, era el primero de los dibujos.
Por un momento, mientras los carboncillos pasaban, entre susurros de papel, esparciendo su olor peculiar, las aguas se aquietaron.
—Teño que facere plus —explicó el padre, vibrante de pronto—. Enoc y Elías, los testigos, los arrebatados, ellos no murieron. Uno a cada lado —explicó moviendo las manos—, ellos recibirán a los peregrinos, en los extremos. Ut scriptura. Como en la Biblia. En los extremos de las arcadas...
Y gesticuló, para ilustrarlo. Uno de los profetas miraría hacia el exterior, el otro hacia el interior. Uno los vería llegar, el otro pasar. Eran los testigos, tal y como había leído en los comentarios al Apocalipsis.
—Etvolo una María —continuó el padre—, para el coro... Bella como amanecida, tengo que encontrarla.
El hijo dudó. Aún no habían terminado la entrada del templo y su padre le hablaba del coro que llenaría la nave principal.
—Hay tiempo para...
Pero el padre no le dejó terminar.
—De oro. Aurea, illuminabit. El sol la cubrirá... ¡No la encuentro! ¡¡No la encuentro!!
Por un momento, un precioso momento, el hijo recordó. Hubo otras noches así. Años atrás. Noches en que papá terminaba por dormir junto a él. Tumbado en el suelo. Y el hijo despertaba y se sentía seguro. Porque el padre estaba allí. Noches de gorriones y carboncillo.
Lo recordó con una melancolía azul. Una melancolía que sonaba a tristeza.
Aún seguía dibujando. Le gustaba la piedra. Admiraba a su padre. Pero la música había cautivado su corazón.
El hijo veía entre las notas las proporciones que su padre veía en los arcos. El hijo sentía en la melodía la complejidad de una bóveda. El hijo se había enamorado de la armonía como su padre lo había hecho de la proporción.
El mismo fuego ardía dentro de ambos. Pero quemaba pasiones diferentes.
Y el hijo quería compartirlo con su padre. Quería mostrarle cuánto había aprendido. Tocar para él algo inolvidable.
Por un momento fueron de nuevo un niño y un padre. Un padre y un niño. O quizá dos niños.
Entonces, entre carboncillo y papel, llegaron los arcos. Los tres. Una gran arcada central escoltada por dos hermanas menores. Los dibujos eran un rompecabezas deslavazado entre las cuatro manos, y las cuatro manos estaban tiznadas.
Y las manos barajaron.
Hasta que el primero de los dibujos se convirtió en una sombra. Una mancha. Un borrón. Hasta que el primero de los dibujos fue uno de los muchos fiascos del arco central. Sobre la Trinidad se abría el vacío. Y estaba lleno de negro.
El padre arrancó los dibujos. Los cazó entre los dedos de su hijo. Los atrapó con tanta violencia que dos de ellos se rasgaron. Los extirpó como un cáncer. Y, al borde del pánico, volvió a esconderlos bajo el camastro desvencijado, entre sombras donde aquel borrón sobre la Trinidad no se vería.
—¿Papá?