Suseia (Camino de Santiago 2) IX
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IX

El terror echó a volar. El alivio se posó en su hombro y le susurró una nana. Un recuerdo de infancia. Antes de que aquella torre de Arrio segase las vidas de diecinueve.

Comprendió.

No era la bestia.

No era uno de los largos cuellos de las siete cabezas con sus diez cuernos. No era la bestia surgida del mar para destrozar sus sueños y condenarlo, como se había condenado su padre.

Era el organistro.

El alargado mástil de maderas labradas avanzaba entre la niebla helada. Y las cuerdas tañían sus lamentos desafinados, echando de menos manos que las hicieran gemir de placer.

El anciano habría muerto. Veinte años habrían cobrado su precio. Veinte años intentando olvidar. Y, en un instante, regresó el miedo.

Se apretó contra aquel diablo de Triboulet, con tanta fuerza que las manos del pobre desgraciado se le clavaron en las nalgas y el dolor recorrió su muslo y ascendió hasta los riñones.

Se había jurado mil veces que no era cierto. Que no había sucedido.

Y, sin embargo, allí estaba. El anciano habría muerto. Y el joven atravesaba la helada. Venía solo. Y traía el instrumento sujeto a los hombros con correas.

Eso era lo que había visto. Y ahora hubiera preferido ver a la bestia.

Era Acaz. Y Acaz habló.

—¿Papá?