VIII
Pero lo era.
Era una bestia imposible, una sierpe enorme siseando entre la helada. Sus escamas, fintas de hielo. Salía de la niebla como los demonios del humo de los infiernos. Una pesadilla.
Una bestia. La bestia.
Era una de las cabezas de la bestia que salía del mar, su largo cuello envuelto en los brillos de la helada. Los colmillos dispuestos. Venía a destrozarlo. Era una pesadilla que destrozaría sus sueños. Venía hacia él, desgarrando la niebla.
Un bloque crujió.
Gotas ácidas mojaron su entrepierna. Sus tripas se aflojaron. Dio dos pasos atrás. Pestañeó. Quiso gritar y no pudo. Quedó arrinconado contra el apóstol y aquel pobre desgraciado que aullaba pidiendo clemencia.
Ninguno de los dos podía ayudarle.
El tufo de la podredumbre se tragaba el metal frío de la helada, el castaño henchido de agua, el dejo gredoso de las piedras.
Iba a morir allí mismo, destripado, como había muerto Verrondo. Había venido a por él. Lo destrozaría, y destrozaría su obra, la arruinaría, como había arruinado la de su padre. Jamás vería el pórtico terminado. Las tres arcadas.
Entonces comprendió.