VII
Era inconfundible. Habían venido a buscarlo.
Las cuerdas se acercaban. Y la helada se echó encima un capote de niebla deshilachada.
Eran pasos. Se acercaban y el instrumento, a cada paso, temblaba, y al temblar, las cuerdas se quejaban.
Apareció entre la niebla. Una silueta. Surgió como una sombra. Un zurcido en la niebla que caminaba hacia el corazón de los talleres, hacia Mateo. Y a cada paso resonaba el lamento de las cuerdas de tripa.
Y Mateo no lo entendió, tuvo que dar un paso atrás.
Y otro.
Pisó los restos de leche agria. Un ahogado chapoteaba bajo la suela de su bota. Un pobre desgraciado intentaba escapar a su destino. Y se hundía.
Pisó la leche agria. Esparció el olor de la putrefacción.
No podía ser.