VI
Los ojos, uno de cada color, brincaron. Abandonaron el dibujo y Mateo inclinó el rostro.
Era Ferruxo, el gato, que se enredó entre sus piernas con el lomo arqueado y, cuando se cansó de esperar por unos mimos que no llegaron, se acercó a la leche derramada. La olió con curiosidad y volvió a perderse en la noche.
Mateo escuchaba.
Y los dedos del carboncillo temblaban. Sobre el dibujo caían pecas negras.
Crujió el fuego en un hachón. Silbó el viento. Ladró un perro. Y los dedos de Mateo lograron serenarse.
Iba a dibujar cuando las escuchó de nuevo. Las cuerdas, el inconfundible lamento de aquellas cuerdas del organistro.
Uno de los bloques se rajó.
Los dibujos cayeron al suelo. El carboncillo rodó, se detuvo junto al camastro roto.
Lo había sabido durante todos aquellos años. Cada uno de los veinte. Miró al barragán. Miró a la maceta.
Volvían a por él. Después de veinte años volvían a por él. Se cobrarían su precio. Lo supo. Las tripas se le volvieron barro. La helada le cuarteó los labios. Volvían a por él y Mateo, en dos zancadas, se hizo con la maceta de Triboulet.
Se arrodilló encima de los dibujos. Y estiró los brazos. Humilló el mentón. Enseñó la nuca y contuvo la palmada. Ofreció el pesado martillo como un devoto ante el altar.
Acab y Acaz. El anciano y el joven. Volvían a buscarlo. Venían a cobrar su recompensa.
Supo que venían a por él.
Y sus ojos, uno de cada color, vieron los dibujos bajo sus rodillas. Entonces flaqueó su voluntad. Los brazos ya no pudieron sostener la maceta de Triboulet.
Sus diseños. La maceta de Triboulet.
Trazos de carboncillo era cuanto le quedaba. Aquellos trazos y convertirlos en piedra.
Acab y Acaz volvían. Y el rostro de Mateo se transformó, se trabó en una mueca extraña, una ola que nunca llegaría a la playa.
Venían a por él y él estaba dispuesto.
Mateo se alzó. Trabó la maceta en el cinto que sujetaba su túnica, como había hecho tantas veces mientras mureaba la piedra. El cuero tenía ya una muesca retorcida en el lugar, estaba descolorido. Acostumbrado a recibir la herramienta.
Y recogió sus dibujos, con sus manos llagadas, hinchadas por sabañones de madrugadas frías. Recogió los dibujos y los escondió bajo el camastro destartalado.
Entonces se enfrentó a la noche.
Y las cuerdas volvieron a sonar.