V
La Trinidad. Tres arcos. Tres plantas.
Lo tenía.
No. No lo tenía. No era suficiente. Su Trinidad estaba coronada por un borrón. Un borrón y cien noches de agonía. Porque, cuando estaba solo, cuando tenía que sincerarse consigo mismo, Mateo sabía que no lo tenía.
La desesperación arañaba su nuca. Se palmeó una vez más.
Le dio una patada a uno de aquellos jarros, y se derramó leche cuajada y salpicada de grumos verdes.
Le dio otra al camastro que cayó al suelo tras quedarse cojo.
Y siguió trabajando. Tenía que hacerlo, de amanecida, en cuanto los talleres se pusieran en marcha saldría. Hacia una de las canteras, pasada Vila Nova, tenía que encontrarse con Gatón.
Se olvidó del borrón. Lo espantó, como a una mosca molesta.
Se olvidó del arco central, de la Trinidad y empezó a dibujar a los condenados de la arcada sur. Los que se arrepentirían de su vida. A los que eran como aquella pieza bajo el barragán, arrastrados a los infiernos por sus pecados.
Le dio la vuelta a uno de los bastos papeles de hilo y empezó a dibujar un detalle, con prisa, alejándose del abismo de la maldita arcada central, donde el vértigo le helaba el corazón. Se olvidó de la Trinidad y volvió a los condenados.
Y dibujó, con trazos que fueron susurros, sin fallar, a aquel Nathanael, al judío aferrado a una bolsa de dineros, con una sonrisa cargada de avaricia.
Y la bolsa tiraba del hebreo hacia las simas del infierno, los brazos, a punto de partirse por el esfuerzo inútil.
El peso lo arrastraba hacia bestias que lo esperaban con las fauces abiertas y cuajadas de colmillos.
Otro papel.
Tras soplar los cabellos que arrastraban por sus mejillas, dibujó al glotón.
Feliz se abalanzaba sobre una torta, mucho más apetecible que las de Cirilo, una torta que apenas le cabía en las manos, una torta que mordía con hambre de años pese a su barrigón.
Mordía. Mordía e intentaba tragar, pero tenía una sierpe enroscada al pescuezo, apretando. El glotón comía y no podía tragar.
Condenado a los infiernos.
Era bueno. Las tripas le decían que sí. Pero le seguía faltando la arcada central. El fin para aquel comienzo. El remate sobre su Trinidad. Sólo tenía borrones.
Crujió otro de los bloques.
Y tendría que irse pronto a la cantera. Le faltaba el tiempo. Para terminar antes de que el rey llegase con el cadáver de su padre. Tenía que terminar.
Y no sabía cómo.
—Bai. Para mayo —había zanjado—. Pero se hará a mi manera, os meus xeitos...
Mentir al prójimo es más fácil que mentirse a uno mismo.
El carboncillo raspaba el papel. Y llegó un susurro más, apenas el jadeo de un moribundo, llegó aquella melodía que eran dos y se hacían una.
Helaba, y las cuerdas cantaron su lamento.