IV
Tres arcos.
Algún día sería piedra.
A un lado Jesús, Cristo y Salvador, se convertía en una promesa en el limbo. El Mesías que acudía en auxilio de los antiguos hebreos. Con Adán y la pérfida Eva que ofreció la manzana, liberados por el alma del Señor.
Al otro lado, el Juicio Final. Implacable. Con los justos a la izquierda y los condenados a la derecha, separados por el arcángel san Miguel y el mismo Cristo.
Y en el centro, la Trinidad. Padre. Hijo. Espíritu Santo. Como la puerta de la muralla, como la explanada. Tres arcos y la Trinidad. Y esa Trinidad recibiría a los peregrinos.
Una Trinidad de carboncillo.
Que algún día sería piedra.
Y sobre la Trinidad, borrones, manchas, desesperación. Sobre la Trinidad, frustración. Rayas sobre rayas, manchas. Una y otra vez.
—Los evangelistas, la pasión de Cristo —había dicho Suero.
Pero no era suficiente. No alcanzaba. No llegaría al corazón de las gentes. No los obligaría a arrodillarse admirados. No tenía más que manchurrones. Borrones trazados cien veces. Comienzos sin finales.
—Cristo, resucitado, en majestad —había dicho Suero.
Tampoco era suficiente.
Los trazos bailaban entre las sombras. Las llamas bailaban con la helada. Crujió otro bloque. Herido de muerte.
Mateo se palmeó la nuca, resopló el flequillo y rompió, en mil pedazos, con furia, el boceto del arco central.
Lo rompió, una y otra vez, hasta que los pedazos se hicieron tan pequeños que sus dedos no podían sujetarlos, y se convirtieron en nieve sucia que cayó al suelo de los talleres.
Se sujetó las sienes con las manos. Gruñó.
Miró hacia la catedral, hacia la que sería la catedral. Las bases de las dos torres, las escaleras, la capilla, estaba todo preparado para continuar, para elevarse a los cielos, con otra planta más, y otra, y los remates de las torres.
Pero no lo veía.
—La cristiandad entera se arrodillará —había dicho el arzobispo.
Otro bloque crujió.
Y a Mateo se le escapó un lamento. Borrones. Manchas de carboncillo teñían sus dedos.
—Y si no lo hace...
No estaba allí el arzobispo para escucharle. Ni el gato. Sólo las piedras. Sólo aquel pobre desgraciado que el demonio arrastraba a los infiernos.