III
En Compostela no había nubes, y el mismo cuarto menguante que había sacado brillo a un cortaplumas destellaba también en los cinceles.
Los talleres de la catedral dormían. Esperaban la jornada siguiente. Había que terminar la cripta y levantar las columnas del pórtico.
Los talleres, crecidos, apretados, rebosantes, dormían.
Mateo no.
Allí, en su puesto, había un camastro, y un par de platos sucios, y un par de jarras medio vacías. Y aquel Santiago que no había llegado a terminar, todavía encerrado en piedra. No había encontrado un lugar para él, y el Zebedeo se había convertido en su único compañero.
La talla de Triboulet la había escondido bajo un viejo barragán. Intentaba olvidarla.
Desde su regreso de León no abandonaba los talleres. Y apenas dormía.
Allí estaba, entre hachones y lamparillas, entre sus dibujos, frenético.
El carboncillo rascaba el papel como una navaja. Los trazos, histéricos, brincaban mil veces.
Mateo cerraba el puño, emborronaba, volvía a dibujar, se detenía, miraba lo hecho, añadía dos trazos, volvía a cerrar el puño.
Negaba. Asentía. Evitaba mirar el bulto que cubría el barragán. Se daba dos palmadas en la nuca, como en una ciénaga infestada de mosquitos, y no apartaba los ojos de sus dibujos.
Abandonaba uno, cogía otro, de un caos desparramado a sus pies, y entre todos ellos armaban un rompecabezas imposible bajo los susurros que salían de sus labios, nerviosos y rápidos.
Pero cuando entornaba los ojos, uno de cada color, el caos se serenaba y él, al menos él, lo veía.
Los borrones se volvían nítidos, los trazos olvidaban las dudas.
Tres arcos.
Tres.
—Gústache?
No podía contestarle si le gustaba o no. Hacía días que no veía al gato Ferruxo, y no se daba cuenta de que hacía días que no le dejaba comida. Y no esperaba que aquel Santiago Apóstol surgiese de la piedra para responderle. O quizás sí. O quizá se había acostumbrado a hablar con él de madrugada.
No había nubes y la helada hacía su trabajo. Las cuñas de castaño y el agua hacían su trabajo. Dos bloques se rajaron en algún lugar de los talleres.
Y Mateo siguió esperando la respuesta del gato. O del Zebedeo.