II
En la hoja del cortaplumas brillaba un cuarto menguante que cosía nubes oscuras.
Pero, para sorpresa del antiguo boyero, Hugo guardó el arma, y la luna, y ensayó una sonrisa que, a saber cómo, amenazó más que la afilada hoja.
Gatón supo que, si se atrevía a llevarse las manos a la entrepierna, iba a costarle encontrar pruebas de que había nacido hombre.
—Attendez, podemos hacer esto al modo del Viejo o del Nuevo Testamento.
Yáñez intervino.
—¡Cristo! No empieces otra vez con...
Pero su socio lo interrumpió con brusquedad, sin dejar de mirar a Gatón.
—Luz y oscuridad, bondad y maldad —recalcó—, vouz comprendez ? Yo no quiero ensuciarme estas despreciables y terrenales manos con sangre. Quiero llegar a ser uno de los perfectos algún día. Así que...
Se acercó. Como si fuera a estamparle un beso al arriero.
—Ya hemos hablado con ese gros... Comment ça se dit ? —Abrió los brazos a su alrededor para simular amplias gorduras, y acabó por abandonar el gesto para ir al grano—. El lapislázuli no llegará a tiempo. Y si tú, vous, nos ayudas también, habrá buenas recompensas.
Las tripas de Gatón le decían que saliese corriendo de allí lo antes posible. Pero el miedo le atenazó las piernas.
—Elle est fou —continuó Hugo—. Los hombres en los talleres desconfían. Los hace trabajar de sol a sol. Y la paga no sube.
El franco chistó, como si aquello le pareciera un abuso inconcebible.
—Sin descanso —insistió—. Ya no les gusta. Ils se méfient. Y nos apoyarán. Sisnando se ha mostrado muy conciliador... Podemos contar con él.
Había pasado del cortaplumas a brindarle un guiño cómplice y, sin embargo, Gatón hubiera preferido el dichoso cortaplumas. La expresión del franco estaba más afilada.
—Así que sólo nos faltas tú, comprendez ?
Gatón se mordió el labio inferior, entrecerró los ojos.
—Si la obra acaba en nuestras manos —continuó el franco como si le ofreciese un dulce a un niño—, sabremos recompensarte. N’est-ce pas ?
Se inclinó un poco más, tanto que las narices de ambos estuvieron a punto de rozarse.
Y Gatón tuvo la sensación de que el mismo demonio le ofrecía un trato a cambio de su alma.
—Alors. Si aparece esa otra piedra...