Suseia (Camino de Santiago 2) Piedras y tintas
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Piedras y tintas

I

—No las encontrarás.

Tenía algo extraño aquella pareja. El tal Yáñez, que presumía de ser uno de los auténticos de Badajoz, tenía pinta de comadreja a la que el zorro ha dado una lección en el gallinero.

Espigado, enclenque y rijoso. De no ser por la cruz bermellón y las armas a la cintura, le hubiera sentado mejor un hábito, y la tonsura, nadie habría dicho que le cuadraba servir en la Orden de Santiago.

Sin embargo, el franco, el que se hacía llamar maese Hugo, tenía pinta de cepo sin arrancar, de rufián roqueño y nada más verle daban ganas de cubrirse la entrepierna, por si acaso era de ésos a los que les gustaba capar moros.

De hecho, ni la espada ni el puñal del caballero estaban desenfundados, era el cortaplumas del constructor el que amenazaba.

—N’est-ce pas ?

La pequeña hoja del cortaplumas hizo una floritura en el aire, para acentuar lo dicho. Y Hugo, que había sido bautizado como Huges de Albi, esperó a que Gatón contestase.

Pero lo hizo su montura, aquel bayo nervioso, que piafó su desacuerdo.

—No me pidas eso... —suplicó.

Gatón miró a ambos lados, buscando ayuda, pero no había nadie, ni un gato de ronda.

La noche, fría, de helada, como les gustaba a los canteros. Se había echado sobre Monforte y las puertas del Ribeiro, el único figón del lugar. No había nadie más, sólo aquellos tres que, tal y como se habían colocado los dos asaltantes, pasaban por viajeros a punto de entrar para pedir cena y cama.

Como no se fijase algún monje del convento de San Vicente, al que le diese por mirar por la ventana antes de ir a rezar sus vigilias, la única esperanza de Gatón era aporrear la puerta del figón y esperar ayuda.

Pero el antiguo boyero supo que no tendría tiempo de hacerlo antes de que aquel cortaplumas le aviase el pescuezo.

—Hay una que ya está de camino —confesó Gatón en agonía—, salió de San Paio hace unos días...

El constructor y el caballero Yáñez intercambiaron una rápida mirada.

Lo habían seguido desde la ribera del Cabe y, como luego averiguó, llevaban dos semanas en su busca, yendo tras él de cantera en cantera hasta meterlo en aquella encerrona en Monforte.

Gatón pensó que no encontraría la dichosa piedra, pensó que ni siquiera volvería a cruzar el Cabe.