IX
Salieron de allí.
Y en cuanto salieron Armengol relamió con su lengua cenicienta aquellos dos trozos de cera que tenía por labios.
—Vos lo dejaréis estar —le dijo a los otros dos sin volverse—, nos conviene cobrar sus dineros. Si es que los consigue...
Y el franco fue a protestar, pero el mayordomo, tal y como si tuviera ojos en la nuca levantó la mano para detenerlo.
Los despidió con un gesto de aquella mano huesuda, un gesto poco amable, que no admitía réplica, acababa de llegar un mensajero al galope y tenía asuntos más urgentes.
Y el mensajero, sin pedir permiso siquiera, espigado, de cabellos ralos y barba floja, como pelusilla de chopo, entró como si tuviera todo el derecho a estar allí y sacó de la pechera una valija destinada al mayordomo.
A los otros dos, que ya se marchaban contrariados, les dio una última orden mientras tendía la misma mano con la que había señalado la salida para recibir la valija.
—Vos lo dejaréis estar, pero no lo dejaréis terminar.