Suseia (Camino de Santiago 2) VIII
34%

VIII

Salieron de allí.

Y en cuanto salieron el arzobispo sujetó el brazo del maese y se lo llevó a un lado.

Arrinconó al cantero contra una esquina, junto al acceso al escritorio, de donde salían dos frades con dedos manchados, hablando entre ellos sobre la copia que hacían de los comentarios al Apocalipsis de san Juan.

Hablaban de una bestia, de una que salía del mar. Y Mateo escuchó mientras pasaban, con tanta atención que despistó al arzobispo.

Y Suero, que tenía más de capataz que de clérigo, lo sacudió sin miramientos.

—¿Qué pretendes?

Mateo echó un último vistazo a los copistas. Ellos hablaban y él recordaba.

El arzobispo Suero hacía preguntas, pero Mateo no escuchaba.

Y Suero, que aún sujetaba los hombros del cantero, volvió a sacudirlo.

—¿Has perdido la razón?

Mateo regresó. Sus ojos, uno de cada color, se centraron. Clavó la mirada en el arzobispo.

No contestó, alzó sus propias manos y sujetó las muñecas del arzobispo. No fue brusco. Fue irremisible.

Firme.

Manchas oscuras navegaban bajo los dos colores de aquellos ojos.

La barba punteaba mejillas marcadas. Parecía erosionado por los esfuerzos y el incansable trabajo, las prisas del viaje, los nervios.

Y, sin embargo, en las narices de Suero, aquel rostro, que casi rozaba lo enfermo, se forjó como hierro caliente al hundirse en el aceite del herrero.

Se transformó.

El arzobispo Suero había leído las cartas de Ignacio mártir. Conocía la historia. Y aunque jamás había hablado de ello con otro hombre de Dios, Suero se había preguntado más de una vez si aquel empecinamiento en ser ajusticiado, si aquel fervor incansable del santo no rozaba la locura.

El mártir se había arrojado a las fieras romanas, dispuesto a morir por la causa.

Y ése fue el recuerdo que acudió a su mente al ver el rostro del cantero.

Su expresión se secó como barro. La arena se hizo piedra, delante de los ojos del arzobispo. Y Suero pensó si el mártir Ignacio había cargado con más locura que fe.

—No me equivoco —afirmó Mateo tajante—. Sé lo que hago yo.

Más que escucharlas, el arzobispo tuvo la sensación de que las palabras del cantero estaban talladas en los granitos de su catedral.

Mateo le soltó las muñecas. Y echó a andar hacia los frades. Quería preguntar por el lapislázuli, saber qué aceites empleaban en sus pigmentos.

Pero algo lo retuvo.

Allí, tan lejos de casa, encontró otra de las piezas de su pórtico.

Llegaba un jinete al galope en un buen tordo de patas finas y con la pechera cubierta de sudor.

No era una montura para la guerra, más bien para la prisa.

Alguien traía un mensaje para el mayordomo.

Urgente, por los gestos rápidos, impacientes.

Era un hombre espigado de cabellos ralos, con el rostro curtido por el camino y el sol.

Un rostro peculiar, fuerte.

Montaba con soltura y descabalgó con agilidad, no se molestó en asegurar el caballo, el pobre animal venía agotado, no iba a irse a ningún lado. Se sacudió el polvo del camino y se limitó a trincar las riendas en el arzón de la silla, para que el animal no las pisase.

Pasó junto a Mateo, hacia la tienda del mayordomo.

Y Mateo lo vio pasar. Y robó cada uno de los rincones de aquel rostro curtido.

Había algo familiar en él, pero no cayó en la cuenta. Lo que supo de inmediato fue que aquél era uno de los rostros que quería en su pórtico. Podía ser uno de los evangelistas, o uno de los apóstoles, tenía fuerza.

Pero no se decidía por cuál.

No pudo llegar a hacerlo.

El arzobispo tardó en reaccionar, pero terminó por hacerlo.

—Dijiste que tardarías un año...

No hubo respuesta. Mateo seguía mirando hacia el mensajero, absorto. Y Suero insistió.

—Dijiste que no tenías las piedras para los dinteles...

Mateo no escuchaba, había abandonado las espaldas del mensajero, que ya no le decían tanto como aquel rostro peculiar y ya había hecho que los frades se detuvieran. Señalaba los dedos manchados.

En la expresión de los frailes había sorpresa, y también temor.

Cuando el arzobispo ya no esperaba respuesta, se llevó una sorpresa. Sin volverse, mientras aún intentaba convencer a los frades de que las suyas eran buenas intenciones, Mateo dijo algo más:

—Las encontraré yo.