Suseia (Camino de Santiago 2) VII
34%

VII

Incrédulo, el arzobispo se volvió de inmediato hacia el maese. Y había esperanza en su rostro. Aunque era una esperanza de bordes afilados. Y Mateo no lo advirtió.

Mateo sólo pensaba en sus piedras. En su catedral.

—No hacen falta seis meses —aseguró.

Y dio un paso al frente, firme. Entornando aquellos ojos, uno de cada color.

—Cinco meses —zanjó—. Para las calendas de junio. Sin un maravedí de las arcas reales. Ne uno.

Y maese Hugo plegó el cortaplumas y habló con desprecio.

—Está loco, est fou.

Armengol ni siquiera se volvió. Aunque sabía que era a él a quien le hablaba el franco.

—N’est pas possible —insistió maese Hugo con voz temblorosa.

A Mateo le gustó sentir que, por primera vez, el franco perdía seguridad. Y sentenció el asunto.

—Bai. Para mayo. Pero se hará a mi manera, os meus xeitos.

Aunque podrás decirle a su majestad que el mérito es tuyo —añadió señalando al constructor franco—.

Y me comprometo a que zaspes tu parte —señaló ahora al mayordomo, cuyos ojos brillaron con codicia—, hasta que el rex ratifique el privilegio.

Recordó a un aquelarre, Armengol se echó hacia atrás y los otros dos se arrimaron. Y torcieron sus espaldas, como para resguardarse de las miradas de los visitantes.

Aparentaban calma, que nada les iba en el asunto. Pero los labios se movían, las manos. Rompían la fingida quietud como burbujas en un estanque.

Y, mientras los otros le hablaban, Armengol no quitaba sus ojos de Mateo, como si pudiera atravesarlo con ellos.

Al cabo, el de Santiago y el franco asintieron y volvieron a echarse atrás.

—Si vos no acabáis en plazo —advirtió Armengol—, o si a su alteza no le satisface lo que ha de ver, nos elegiremos a quien terminará la catedral y ya se sopesará si el arzobispado regresa a Mérida.

Suero se encogió, como para esquivar una estocada, y no pudo intervenir, Mateo protestó antes.

—El privilegio me lo concedió el rex,por toda a vida miña.

Armengol se inclinó hacia delante en aquella lujosa silla, tal que un congrio saliendo de su oscura madriguera para despedazar a un pez herido.

—En manos del Señor está lo que dura la vida de estos pecadores, mas, a veces, los pecadores eligen caminos que se truncan, es la carga que pesa sobre nuestros hombros, el libre albedrío...

Mateo no se arredró. Contestó a martillazos.

—Remataremos en plazo.

Dio un paso más hacia la silla, sin temor.

—Cobrarás tu parte.

Cuadró los hombros y miró al mayordomo con aquellos ojos, uno de cada color.

—Y el rex quedará satisfecho.

Armengol asintió, con un gesto viscoso, de anguila.

—A nos parécenos bien. Tenéis un acuerdo...

Pero no había terminado, tenía una última amenaza que airear. Y levantó uno de aquellos dedos momificados.

—Tenéis un acuerdo, mas el rey decidirá —bisbiseó como una sierpe—. Cuando vea el resultado.