Suseia (Camino de Santiago 2) VI
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VI

Mateo, sintiéndose hervir, escuchó lo que el mayordomo se había guardado bajo la manga y comprendió, por fin, qué hacían allí aquel caballero y aquel constructor.

Cuando Armengol terminó, la desesperación pesaba. Y el silencio se hizo eterno.

—Es imposible —reconoció el arzobispo con fastidio.

La noticia no perturbó a Armengol.

—Tendrá que serlo, su majestad quiere trasladar a su padre cuando aún resulta piadoso. No pretenderéis vos, hombre de Dios, que lo lleve de un lado a otro como santas reliquias...

Con un gesto peculiar, el mayordomo juntó las manos, apoyando las yemas de unos dedos en los otros, y las empujó hacia delante, como si diera una estocada.

—... Seis meses —sentenció Armengol—. Y ha de ser al gusto de este hombre. El maestro de obras del príncipe. Maese Hugo conoce bien las inquietudes de su majestad.

—¡Es imposible! —repitió el arzobispo.

Armengol contraatacó como la víbora escuálida que era.

—De ser así, nos tememos que Yáñez —el caballero de Santiago se envaró—habrá de enfrentarse a la desagradable encomienda de borrar las huellas de ese antecesor vuestro —con soniquete a cascajo—, tan ilustre y venerable —destilando cinismo—, del aquel santo hombre...

Ya sabéis vos, ese prodigio de piedad que, con providenciales argumentos, convenció al papa para que Compostela recibiera el arzobispado de una sede ocupada por los sarracenos... ¿Cómo se llamaba?

No esperaba respuesta. Como un gato sádico, el mayordomo jugaba con el ratón muerto.

—Ah... Nos y nuestra memoria —continuó Armengol—, Gelmírez.

¡Diego Gelmírez! Las huellas de Diego Gelmírez...

Nos creemos que, si es imposible, habrá que devolver el arzobispado a su legítima sede...

En Mérida —sacudió aquel mentón escurrido como si lamentase las circunstancias—.

Su majestad, como bien habéis oído vos en curia, ha asegurado que acometerá la reconquista en cuanto se hayan aquietado las aguas.

Incluso Mateo sabía que el mayordomo exageraba.

Los rumores decían que el príncipe había pactado con los almohades mientras aún tenía en el plato los rebeldes bocados de Portugal y Castilla.

Sin embargo, el privilegio arzobispal le dolía demasiado a Suero.

Y le importaba más un lejano temor que habladurías cercanas.

Fue el momento de intervenir.

Compostela no podía perder su condición como panteón real. Compostela no podía perder el arzobispado. Y Mateo no podía perder cuanto había conseguido.

No tuvo el tino de razonar. Si le habían pedido un imposible, sería quizá porque no querían que lo consiguiese.

Mateo habló sin pensar. A las bravas.

—¡Es posible!