Suseia (Camino de Santiago 2) V
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El tesoro real estaba lleno de telarañas. En una maniobra cargada de astucia, el príncipe Alfonso había matado más de un pájaro con la misma piedra.

Los mercaderes, los notables, los ciudadanos elegirían a representantes que tendrían voz en Cortes, por primera vez no harían falta títulos ni catedrales para decidir las leyes.

A cambio subirían las rentas y los impuestos.

Dineros a cambio de posición. Y el arzobispo de Compostela lo había hecho posible.

Y no había recibido el pago prometido.

—Pediré tu excomunión —amenazó Suero.

Pero el mayordomo cortó el aire con sus dedos cadavéricos.

—Vos sabéis muy bien que semejante atrocidad no os conviene. Mientras nos sigamos recibiendo uno de cada veinticinco maravedíes, el rey seguirá mirando a Compostela.

—¿Y la dispensa? Dos marcos a la semana...

Mateo no había podido contenerse. Y el mayordomo asintió. Lo había escuchado, pero no le habló al cantero, le habló al arzobispo.

—En cuanto la Hacienda Real se recupere, nos lo hemos hablado con el rey, su majestad honrará la memoria de su padre y apoyará a Compostela...

Y Armengol levantó un labio como si buscase algo entre los dientes. En un gesto de disgusto. Como si lamentase profundamente lo que iba a decir.

—Claro que el rey desea que vos acatéis los plazos convenidos —remató.

La mano alzada de Suero, aquella mano de leñador, detuvo a Mateo, y fue el mismo arzobispo quien reaccionó.

—No se convino plazo alguno.

Y si la pregunta de Suero se hubiera caído al suelo hubiera perforado aquellas piedras de Broñar que tanto obsesionaban a Mateo. El mayordomo se había dado el lujo de instalar su tienda en el mismo claustro donde se habían celebrado las Cortes.

—Nos tememos que así fue, son necesarios —insistió el mayordomo.

Hubo un peligroso cruce de miradas entre el caballero de Santiago y el capitán del arzobispo. Ambos llevaron las manos a las empuñaduras.

El mayordomo no se dio por enterado.

—No nos es plato de buen gusto, pero veo que es necesario recordaros que aquí mismo, en San Isidoro, existe ya un panteón real. Y no serían necesarios dos marcos semanales para terminarlo... La última vez que lo visité, ya estaba terminado —dijo burlón—. Como San Benito en Sahagún...

Una vez más, Mateo quiso intervenir en aquel tira y afloja, pero tuvo que retirarse cuando el arzobispo dio un paso al frente. De haber estado armado, contaba con la distancia para desenfundar y clavar la espada en el salado pecho de bacalao del mayordomo.

Si el caballero de Santiago no intervenía, parecía estar allí con la única misión de proteger al mayordomo.

En lugar de ensartar aquel cadáver, el arzobispo, resignado, mordiendo con tanta fuerza que su hoyuelo retemblaba, acabó por aceptar su derrota.

—A veces me falla la memoria...

—Vos deberíais desayunar rabos de pasa —con sonrisa de anguila—, dicen que ayudan...

—Repíteme —rebosando cinismo— lo que hemos convenido...