Suseia (Camino de Santiago 2) IV
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IV

Mateo supo de inmediato que debía intervenir.

No iba a consentir que le robasen lo que era suyo. Pero el arzobispo no le dejó. Jamás lo había visto así, iba de un lado a otro como una bestia enjaulada. Apretaba los puños, dispuesto a llegar a las manos con el mismísimo mayordomo, con el canciller, con el senescal. Con el príncipe.

—Bancarrota...

Eso había dicho en Cortes el príncipe. Quitándole hierro, explicando que su padre todo lo había hecho por el bien del reino. Rogando a todos que comprendiesen que había llegado el momento de arrimar el hombro. Que él mismo lo haría.

Pero el príncipe lo había dicho como si no tuviera importancia. De un modo muy distinto a como lo repitió Suero.

—¡¿Bancarrota?!

El arzobispo resoplaba indignado. Armengol, sin embargo, sonreía con los trazos de cera que tenía por labios. Y su sonrisa, en aquel rostro de cadáver, ponía los pelos de punta.

—Es de esperar que vos no sepáis de estos asuntos peliagudos —soltó el mayordomo—, pero es habitual aguardar a que la fulana se levante las faldas antes de ofrecer las posaderas. De otro modo el asunto se vuelve incómodo.

De nuevo en la lujosa tienda, tras Armengol de Urgel estaban el constructor y el caballero de Santiago. El constructor se repasaba las uñas con un cortaplumas, y miraba la escena con la cabeza gacha, raspaba las cejas con los ojos, como un perro pensando en morder.

No eran muchos. Tres enfrentados a otros tres. Aun así, la enorme tienda del noble se hacía pequeña.

A espaldas de Mateo, el Cuatrohostias resollaba como un jabalí. Se la había jurado al caballero de Santiago nada más verlo. Mateo incluso llegó a preguntarse si se conocerían, si acaso tenían algo pendiente.

El arzobispo ya le había ordenado a su capitán que se calmase en dos ocasiones.

Mateo quiso intervenir, debía intervenir. Se adelantó. Pero tuvo que retirarse de nuevo. El arzobispo quemaba como una cacerola abandonada al fuego.

Suero no quería soltar el hueso ahora que había mordido.

—¡Me mentiste! —pedradas en una plancha de latón.

El arzobispo escupía indignación. Y el mayordomo, por el contrario, parecía divertido.

—¿Acaso vos hubierais preferido que la corona —preguntó Armengol—, por necesitada que esté, acabase en la cabeza del bastardo de Haro?

El arzobispo resopló algo incomprensible. Y el mayordomo asintió complacido. Y los otros dos, tras su silla de tijera, de madera labrada y cuero repujado, le hicieron de comparsa. Asintieron también, aunque el gesto del caballero tuvo algo siniestro, de cuervo sobre una lápida.

—Nos no hemos mentido —dijo Armengol con parsimonia—. Tendréis el incondicional soporte del nuevo rey... Aunque ese soporte, a fuer de ser sinceros, tendrá más voluntades que oros...