Suseia (Camino de Santiago 2) III
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III

Alfonso, hijo del segundo de los Fernandos, príncipe de Galicia y León, hablaba.

Pero maese Mateo no prestaba atención.

El príncipe tenía mucho de su padre. A lo mejor no tanto como hubiera querido, pero lo suficiente para, sin haber cumplido veinte años, plantarse delante de todos los notables de Galicia y León.

Y de sus esposas. Todas le hacían carantoñas y cuchicheaban.

Ya tan joven como era, el príncipe tenía fama de mujeriego.

Pero maese Mateo miraba al gallo subido en lo alto de la torre.

El maestro de obras no comprendía, no quería comprender la importancia de aquella mañana que se negaba a anunciar primavera y seguía aferrada al invierno.

Allí, en el claustro de San Isidoro de León se habían reunido el arzobispo, los obispos y los nobles, como en cualquier curia, pero, por primera vez, había alguien más.

Mateo tendría que haberlos visto. Por las túnicas de terciopelos y brocados, por los buenos briales, por las joyas, por los botones de plata y azabache.

Un boyero de Astorga que hacía negocio con más de cien carros, orfebres de Compostela, vinateros.

Mercaderes de lana y comerciantes de lino.

Allí estaba su cuñado García Rodríguez. El rey los había convocado y, pese al mal recuerdo de aquel Concejo de Compostela involucrado en las revueltas que le prendieran fuego a la ciudad, el príncipe parecía dispuesto a escucharlos.

A quienes no tenían títulos o iglesias.

Allí estaban, con sus credenciales y el mandato de sus paisanos sobre qué aceptar y qué negar, los gentilhombres y procuradores elegidos en Ciudad Rodrigo y Mansilla de las Mulas. En Villalpando, Villafáfila o Castrotarafe. También aquel de Belver con quien se cruzaran en el camino.

En León, por primera vez, el príncipe había convocado al clero, a la nobleza y a los notables de cada ciudad.

Pero maese Mateo no entendía, y no quería entender de políticas.

—Más te vale acompañarme, te va en ello el trabajo —le había ordenado el arzobispo.

Y allí estaba, pero no veía, no escuchaba. Mateo miraba a aquel gallo.

No veía a los nobles cuchichear y torcer el gesto cuando miraban a los mercaderes, que se hinchaban como palomos y sacaban pecho.

No veía a los obispos volverse, inclinarse unos sobre otros y murmurar bajo ceños fruncidos.

No veía el revuelo que alborotaba el claustro.

Y no le importaba, porque había visto mucho que no quería olvidar.

Allí, en San Isidoro, había visto la famosa Puerta del Perdón de maese Esteban, que trabajara en la catedral de Pamplona, y en la de Compostela, antes de que el obispo Gelmírez lo mandase marchar.

Había acariciado las piedras. Las había probado como un amante ansioso.

—Traennas de Boñar, dez leguas ó norte —le había respondido un frade.

No eran el duro granito gallego, eran vibrantes, con colores de ocaso, con un tacto suave, parecían madera aceitada.

Un tímpano con el sacrificio de Isaac. Agar y su hijo Ismael blandiendo un arco. Un friso con los signos del zodíaco. Incluso un Daniel, uno que le enseñó lo que no deseaba hacer en Compostela.

Mateo no sabía de políticas, y no quería saber, pero se había tragado hasta la última piedra de San Isidoro.

Y cuando el claustro se dividió en dos, cuando los gritos se convirtieron en insultos y el mayordomo Armengol tuvo que pedir calma, Mateo miraba a aquel gallo dorado que era una leyenda.

Una veleta de oro fino llegada a Córdoba por capricho del califa. Unos valientes la habían robado cuando se sacaran de Sevilla las reliquias del mismo san Isidoro para traerlas a León.

Mateo miraba al gallo y, entretanto, el reino cambiaba a su alrededor. El rey escuchaba a comerciantes y tenderos, a artesanos.

Gritos. Insultos. Promesas. Acuerdos. Unos cedieron, otros se aprovecharon.

El arzobispo, con gestos disimulados, agitaba la mano para aquietar a aquellos con los que se había comprometido.

El líder de los orfebres compostelanos, el que mandaba a los arrieros que traían los bloques de las canteras. Y el propio Mateo, como maestro de obras de la catedral.

Estaban allí, en Cortes, junto a otros de Zamora, de Salamanca, de Oviedo. De todas partes.

Pero maese Mateo estaba embrujado por las piedras de San Isidoro, y por aquel gallo que bailaba en lo alto de la torre a merced de una ventolina.

No escuchó al rey cuando dio la noticia. No se dio cuenta de que esa noticia cambiaba su vida. No meditó sobre los peligros que acechaban.

Fue el revuelo de los canónigos del arzobispo. Eso lo sacó de sus ensoñaciones.

Cacarearon. Resoplaron. Uno de ellos juró diciendo que se desmayaría. Otro se desmayó.

Sólo entonces escuchó los vítores y los abucheos. Sólo entonces se fijó en que la ventolina agitaba los pendones del rey, y el de la Orden de Santiago. Y otros que no sabía qué significaban.

Sólo entonces se fijó Mateo en el ceño fruncido y los puños apretados del arzobispo Suero.

Las Cortes terminaban con escándalo y el príncipe no había dicho una sola palabra sobre Compostela.

Y, sin embargo, había dicho algo que podía arruinar los sueños de Mateo.