II
Mucho peor.
El jarro de agua fría le cayó encima a Mateo cuando, por fin, a las afueras de Benavente, el mayordomo real accedió a entrevistarse con el arzobispo.
Aquel aspecto de cuerda remojada. Como una liña aguantando de un bonito, seguía siendo la carta de presentación de Armengol de Urgel. Al verlo apetecía llamar a un enterrador, para pedirle mortaja, salmos e incluso una buena recua de plañideras.
Se negó a recibir a la bandada de canónigos del arzobispo. En la tienda del noble sólo entraron Suero, maese Mateo y un Cuatrohostias que dijo que se dejaría capar antes de permitir que el señor de Compostela se reuniese sin escolta.
Una vez dentro, el mayordomo no se anduvo con miramientos.
—Hoy, la catedral no es una preocupación para nos —repitió Armengol—. Tampoco para su majestad.
El suelo bajo los pies de Mateo se abrió. Pero el arzobispo, acostumbrado a los vaivenes de la política, no se dejó intimidar.
—Das por sentado que se hará con la corona...
La pulla dio en el blanco y el rostro cadavérico del noble se contorsionó.
—Hay asuntos más apremiantes —dijo el mayordomo rehaciéndose—, digamos, que nos no le aconsejaríamos a su majestad que se preocupase por Compostela en estos aciagos días.
Aquel abismo a los pies de Mateo ganaba profundidad. Pero el arzobispo era perro viejo. No se dejó azuzar.
—Quieres algo a cambio.
—¿Por quién nos tomáis? —preguntó Armengol ofendido.
E incluso Mateo se aventó que el escándalo del mayordomo era fingido.
—Querrías algo a cambio —reformuló el arzobispo, como siempre, sin preguntar.
Armengol descubrió que sus anillos se habían volteado y le pareció más importante estirar el brazo y colocarlos. Tardó en responder y, antes de hacerlo, hizo una señal a sus hombres para que abandonaran la tienda.
—Si llega tan propicia ocasión —puntualizó cuando quedó a solas con los de Compostela—, si acaso hay tiempo de ocuparse de algo más que de Castilla, los almohades o los portugueses. Si, por ventura, su majestad recibe la inspiración para actuar con acierto...
Suspiró largamente y Mateo percibió en aquel aliento un tufo que hacía gala del cadáver que lo respiraba.
—... Si los divinos designios nos colocan donde nos corresponde, y su majestad es coronado, entonces nos querremos lo que nos corresponde por nuestros infinitos desvelos.
El arzobispo resopló, pero contuvo su irritación.
—Desvelos que tienen un precio.
Suero hizo lo posible por disimular, pero el fondo de la frase estaba cubierto por un verdoso limo de desprecio.
Y la respuesta del mayordomo por otro de avaricia.
—Si llegan días tan venturosos, nos dispondríamos de una de cada veinte partes de lo empleado en la catedral.
—¡Una de cada cuarenta! —saltó Mateo sin poder contenerse.
El arzobispo y el noble lo miraron, sorprendidos. Y el maese tuvo que morderse la lengua.
—Una de cada cuarenta —repitió el arzobispo—. Un maravedí por cada cuarenta gastados.
Y lo hizo sin los nervios a flor de piel del cantero. Con el tono de un feriante que echa precio a un ternero.
—Nos desagrada perder el tiempo con bagatelas —dijo el noble, con un cansancio más propio de labriego tras trillar de sol a sol—. Si hay ocasión, nos aceptaremos uno de cada veinticinco.
Mateo iba a protestar, pero el arzobispo lo sujetó por el codo y tiró de él.
Y, mientras Mateo callaba, con el rostro contorsionado y dos palmadas en el cogote, el arzobispo tiró sus propios dados y, como los del desaparecido Verrondo, los de Suero también estaban cargados.
—Un maravedí de cada treinta —rebajó—. Al príncipe le conviene el apoyo del arzobispado de Compostela para conseguir la corona.
La risa del noble esparció más de aquel aliento a muerto.
—Convendrale, sí —admitió entre carcajadas que sonaban a resoplidos—, pero vos no habéis entendido.
El arzobispo se mostró ofendido.
—El apoyo de Compostela resultará...
La mano de Armengol abanicó el aire. No sólo era fina y huesuda, la piel tenía un desagradable color desvaído.
—Su majestad y nos estamos convencidos —recomenzó el mayordomo—. Tenemos fe en que podremos apoyarnos en Compostela. No podría ser de otro modo. Las circunstancias así lo demandan. Y por eso mismo nos aceptaremos uno de cada veinticinco.
Sonrió de un modo peculiar, casi lascivo, y se pasó una lengua morada por los finos labios antes de rematar:
—Vos deberías agradecérmelo. Si la corona estuviera segura, nos hubiéramos pedido uno de cada diez.
Ahora levantó un único dedo y apuntó al arzobispo con descaro. La uña, de tan fina, brillaba como si acabase de sacar el dedo de la boca para comprobar de donde soplaba el viento.
—Y más le vale a Compostela desgastarse la lengua cantando alabanzas —continuó con aquel dedo listo para acusar—, porque su majestad ha cavilado que la única salida de esta ratonera —se lamentó inclinando el rostro—, la única para evitar que el bastardo se quede con la corona,
es convocar Cortes y hacer, digamos, algunas concesiones...
El arzobispo tuvo que refrenar de nuevo a Mateo, que llegó a abrir la boca pero calló a tiempo, antes de que un insulto descarriase aún más aquel fiasco.
El mayordomo, con evidente diversión, insistió:
—De modo que, más le vale a Compostela arrimar el hombro en tan ardua tarea. Habrá muchas testas que deberán mirar a otro lado... Hacia el lado que más conviene a su majestad. Que es, justamente, el que más conviene a Compostela...
Dejó el mayordomo que el silencio hiciese su trabajo.
—Porque su majestad y nos —continuó Armengol—, y vos, por supuesto, también vos, todos sabemos que ese otro bastardo, el de Haro, no tiene especial aprecio por el bendito apóstol y sus peregrinos...
El orgullo que tuvo que tragarse enrojeció incluso el hoyuelo del arzobispo.
Y Mateo quiso gritarle que no aceptase. Que encontrarían el modo de acabar la catedral. Podían cobrar una remesa nueva del Voto a Santiago. Forzar a las tiendas de la ciudad. Podían volver a los tiempos de Gelmírez.
Y el mayordomo pareció escuchar las ideas del cantero.
—Nos ya os lo dijimos una vez, los obispos se quitan y se ponen. Acordaos de Peláez...
Ahora fue el Cuatrohostias es que le susurró algo al oído de Mateo.
—¡Quieto!, ¡cojones! No marees más la perdiz. No se le tira del rabo al diablo.
Y en el silencio que siguió hubiera dado tiempo de rezar dos paternóster. Al final, cediendo como un viejo roble al hacha del leñador, aquel hoyuelo se humilló.
El arzobispo asintió.
—Comprendo —tascó entre dientes.
Y Armengol, con una sonrisa de cera, respondió de inmediato.
—No, desafortunadamente, nos tememos que vos no comprendéis.
El entrecejo del arzobispo se ató con tal fuerza que Mateo temió que acabase bizco.
—Mas no os aflijáis —continuó Armengol—, vos comprenderéis. Lo haréis —con una sacudida de los huesos de aquella mano que les ordenaba salir—, lo haréis cuando su majestad hable en Cortes...