Suseia (Camino de Santiago 2) Años y reyes
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Años y reyes

I

Fueron a Ourense. Y llegaron tarde.

El príncipe se había marchado.

No les quedó otro remedio que seguir camino, hacia Benavente, donde había muerto el rey Fernando. Cabalgaron a uña de caballo hasta alcanzar a la comitiva del príncipe.

Pero no fueron recibidos.

—Como vos comprenderéis —anunció aquel mayordomo cadavérico—, hay otras índoles más acuciantes.

Tuvieron que seguir a la comitiva, como gaviotas tras una lancha de pescadores.

Resultó frustrante.

Las respuestas sobraban. No daban abasto. Ése no era el problema. Su problema era que no podían fiarse de lo que escuchaban tras preguntar ansiosos a todo aquel con quien se cruzaban.

—Ni él lo sabe —dijo una noche el arzobispo.

Y lo había dicho señalando hacia la gran tienda del heredero, de la que no paraban de entrar y salir gentes de toda condición.

Aquel derroche de sinceridad del arzobispo no calmó los ánimos de Mateo, que no acababa un dibujo si no era con frenéticos tachones.

Se palmeaba la nuca, resoplaba el flequillo. Se hacía mil preguntas y ensayaba mil respuestas. Apenas dormía y, cada mañana, el sol le molestaba en aquellos ojos suyos, uno de cada color.

Avanzaron como si los caminos aún estuviesen embarrados. Esperando. Desesperando.

Los correos iban y venían. Las noticias iban y venían. Llegaban incluso rumores que traían sello del palacio de Letrán. Al parecer al mismo papa le picaba lo que se urdía en Galicia y León.

De Monterrey al castillo de Cabreira, de Sanabria a Astorga, se decía de todo. Hasta se hablaba del esfuerzo de aquel inglés testarudo que reinaba como Ricardo Corazón de León, empeñado en arrancarle Jerusalén a los infieles.

Ansioso, Mateo se atragantaba con los rumores, preguntaba a cualquiera con el que se cruzaba.

—Se marchaba a Portugal...

Le dijo un juglar que no paraba de rascarse la sarna galopante que le había salpicado la cabeza de calvas.

—... cuando se le murió el padre.

Le dijo una puta desaliñada tras beneficiarse a la mitad de la guardia del príncipe.

—No es cierto —le contestaron con enérgicas sacudidas—, no abandonaba el reino cuando iba camino de Ourense, iba a ver a su madre al convento.

Al alimón, dos benedictinos que parecían hermanos de la misma madre con distintos padres.

—Lo lleva crudo —con una sonrisa pícara—. La de Haro quiere la corona para su hijo.

Un pescador a orillas del Tera, con una percha de avellano cargada de truchas y las uñas sucias del barro donde había estado rebuscando lombrices.

—No tengo idea, pero hemos sido convocados, dicen que hasta vendrán gentilhombres del sur de Ciudad Rodrigo.

Un procurador que venía de Belver y llevaba colgada al pecho una carpetilla de cuero con su carta de credenciales.

Mateo, Suero y el Cuatrohostias oyeron muchas cosas.

Pero ni una sola palabra sobre si el heredero mantendría la palabra dada por su padre.

—Primero tendrá que calzar la corona —les dijo con escepticismo un arriero.

Y nada más, el arriero se marchó altivo, como si tuviera más secretos y no pudieran compartirse porque el maestro de obras, el mismo arzobispo con sus canónigos o el capitán de su guardia careciesen de alcurnia suficiente.

Los dejó atrás y siguió camino a Benavente con un cargamento de pulpo y congrios secos.

Y el Cuatrohostias le dio el alto a uno de los forrajeadores en la comitiva del príncipe, y lo invitó a vino en la única posada de Rionegru.

Mateo no probó el vino, se sentó a escuchar dándole vueltas al vaso de barro.

El tipo, cuajado y curtido, con una cicatriz en el mentón que le abría la barba, les dio malas noticias.

—Fue la de Haro quien lo envenenó de niño —les aseguró el forrajeador sin dejar de mirar el generoso escote de la posadera—, medio año estuvo ciego el príncipe.

Más tarde, ya fuera, camino a contarle al arzobispo lo descubierto, de mala gana, el Cuatrohostias le había explicado a Mateo que se refería a la madrastra del príncipe, la tercera esposa del rey Fernando.

El arzobispo Suero había obligado al soldado y al cantero a entenderse, los había mandado, como cal y arena, a sembrar preguntas, incluso en las solanas resecas.

Y, atreviéndose a pellizcar las nalgas de la posadera, el forrajeador les había explicado algo más.

—La de Haro quiere a su hijo en el trono... De ésta, en vez de dejar ciego al príncipe, si puede, lo mata.

Sólo cuando salieron de la posada, no antes, Mateo cayó en la cuenta. Sólo cuando ya fue tarde se dio cuenta de que podía haber copiado aquella lascivia en el rostro del forrajeador para su pórtico. Y al pensarlo se dio dos palmadas seguidas en la nuca.

Si lo del príncipe no se resolvía, no habría pórtico, ni catedral.

Necesitaban el tesoro real para acabar la obra. O eso o que volviera de entre los muertos el obispo Gelmírez con su armada, sus ejércitos y sus robos de reliquias. Gelmírez, capaz de sacar dineros incluso de las piedras.

—Y la portuguesa ha abandonado el convento, viene de camino...

Fue lo último que les dijo el forrajeador, y le hizo pagar al Cuatrohostias para llevarse a la posadera a los establos.

Al salir de aquella posada de Rionegru, Mateo hizo un esfuerzo por comprender.

—¿La portuguesa?

Montando un enorme tordo que parecía una de las bestias del Apocalipsis, el Cuatrohostias, de mala gana, se explicó.

—¡Cagüen las campanas que robó Almanzor! La madre, ¡cojones!, se refiere a la madre del príncipe, la que marchó a Portugal cuando el hideputa del papa anuló el matrimonio.

Hubo mucho que Mateo no entendió. La política y las intrigas se le escapaban. Lo que sí entendió fue que las cosas no pintaban bien. Ni para Mateo. Ni para su pórtico.

E irían aún peor.