Suseia (Camino de Santiago 2) XIV
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XIV

El arzobispo fue directo al grano. Ni siquiera saludó, echó una mirada sobre el hombro para señalar con aquel hoyuelo suyo hacia el antiguo boyero.

—Dime lo que deba saber...

El maestro de obras se limitó a sacudir el mentón. Que no tenía hoyuelos, pero si canas salpicadas.

Y el arzobispo gruñó un asentimiento.

No perdían el tiempo con zarandajas. A veces pasaban media mañana en las obras de la catedral y apenas necesitaban cruzar una docena de frases.

De repente, Gundisalvo encontró algo particularmente interesante en la última remesa de pelillos que se arrancó de las narices.

Intentaba escurrir el bulto. No le apetecía verse obligado a mentir si le caía encima la misma pregunta que le había caído al maese.

Y tuvo suerte.

El arzobispo no conocía lo suficiente al xebo para advertir aquel penoso esfuerzo, quizá pensó que le había dado una indigestión de ciruelas.

Mateo, sin embargo, sí se percató de lo que intentaba el xebo y se apresuró a despejar el viento en contra.

—Para el verano escomenzaremos con el pórtico —anunció.

Y calló sus dudas, las mordió con una palmada en la nuca. Sin mencionar los dibujos escondidos. Los bocetos que tenían un lado y otro, y algo del centro.

Tres arcos. Tres como la Trinidad.

No, eso no se lo dijo al arzobispo. No podía decírselo.

—Pra o estío —repitió Mateo en la jerga.

Lo dijo con los ojos, uno de cada color, brillantes de emoción. Escondiendo en lo más hondo, donde no les quedaría otro remedio que morir ahogadas por la oscuridad, las dudas. Aquellas dudas que en sus dibujos se hacían borrones.

—Bai. Para el verano escomenzaremos —insistió Mateo.

Ruy Ansúrez, sin embargo, gruñó. No se fiaba. Esperaba una excusa. Sólo una.

—¡Cagüen las taifas! Fuiste tú, y vas a pagar por ello.

Se lo había dicho en más de una ocasión. Y a Mateo no le cabía duda de que el Cuatrohostias cumpliría su palabra.

—¡Cagüen en Tortosa! Tírate un pedo en misa —le había amenazado poco antes de la Natividad—, y te corto los cojones para ponértelos de cena.

Pero aquéllas eran preocupaciones para otros momentos. Ahora, orgulloso, contento, nervioso, Mateo repitió:

—Bai. Será el Pórtico de la Trinidad...

Sin embargo, Suero no se dejó llevar. El arzobispo traía, como siempre, sus propias intenciones.

—Y si suponemos que no quedan fondos...

La sorpresa cayó en silencio. Mateo dejó incluso de escuchar el repicar de los ferruxos.

Sólo el arzobispo siguió haciéndolo, el resto, incluso el Cuatrohostias, aguantó la respiración. Y los canónigos se revolvieron de un lado a otro en un pandemonio de susurros, señales de la cruz y miradas al cielo.

Maese Mateo tragó. Y la nuez subió con tanta fuerza que la barba, a falta de un buen afeitado, rascó un susurró en el cuello de la túnica.

Así quedaron, trabados por el asombro hasta que a Gundisalvo, pese a que intentó contenerse, se le escapó otro de aquellos largos cuescos.

—Bai. Algo hay en el pote —admitió Mateo finalmente—, he ido guardando para las vacas flacas.

Le supo a poco al arzobispo, que revolvió un dedo en el aire. Con aquella mano suya, más apropiada para repartir bofetadas que bendiciones.

—Un año —estimó Mateo con un ojo entornado—, creo que podríamos murear por un año más.

El arzobispo asintió, rotundo como un hachazo. Pero no se molestó en añadir un merecido cumplido.

—Dispón lo que debas —le dijo al maestro de obras—, mañana salimos de viaje.

No hizo falta la pregunta. Como siempre, el arzobispo se adelantó.

—A Ourense.

Aquello no aclaraba mucho, pero Suero no era hombre al que le gustase acabar prisionero de sus palabras.

Sin embargo, tanto callar era excesivo, incluso para él.

El arzobispo se dio la vuelta en un revuelo de canónigos agitados y, en última instancia, como si acabase de recordarlo, dio una de las pocas explicaciones que había dado o que daría en su vida.

—Una anda en el convento. Otra, la de Traba, ya está con Dios. Y la tercera es una Jezabel que conspira —suspiró largamente—. Y los hijos quieren liarse a sopapos. Un bastardo husmea la Corona que tendrá un ilegítimo —añadió otro suspiro—, y las arcas reales no guardan más que telarañas...

A todos dejó con la boca abierta. El Cuatrohostias hubiera jurado que el arzobispo no guardaba saliva para una docena de palabras seguidas. Pero aún faltaba una sorpresa más. Como tenía por costumbre, Suero se adelantó a las preguntas.

—El rey ha muerto.