Suseia (Camino de Santiago 2) XII
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XII

No había cambiado tanto, Lambra, que ahora regentaba la mancebía de Juana y ya no tenía que morderse la lengua, seguía dándole calabazas dos o tres madrugadas por semana.

No había cambiado tanto el Cuatrohostias, el muñón de la oreja seguía siendo un faro al que resultaba imposible no mirar. Y los años le habían quitado algo de porte. Pero lo compensaba, se esforzaba por hacer crecer el apodo y, en lugar de cuatro en cuatro, repartía de cinco en cinco.

No había cambiado tanto.

Empezó a apretar los dientes nada más entrar en los talleres. Y cuando por fin posó la mirada en el maese, la mandíbula se tensó aún más, como si intentara partirse las muelas.

A menos de diez pasos, con un tintineo de la cota de malla, sin pensarlo, el Cuatrohostias llevó la mano a la empuñadura.