Suseia (Camino de Santiago 2) XI
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Por el arzobispo era por el único por el que no habían pasado los años. Como si el cargo le diese permiso para saltarse las obligaciones que dictaba la naturaleza. Conservaba aquel aire de estibador de puerto, parecía capaz de descargar él solo toda una flota de mercantes ingleses.

Llegó, como siempre, como una gallina clueca rodeada de pollos.

Media docena de canónigos picoteando entre los puestos, yendo de un lado a otro, cuchicheando entre ellos y dando carrerillas para no quedarse atrás.

Parecían a punto de desbandarse en cualquier momento, pero, por obra y gracia de algún milagro, se reunían de nuevo en torno al arzobispo como si estuvieran atados al señor de Compostela.

Suero, por el contrario, era como el tajamar de un carguero con las bodegas llenas, avanzaba inexorable.

Y si tenía algo de clueca rodeada de pollos era la única gallina, desde que el Señor se tomara el descanso del séptimo día, que había domado al zorro.

Junto al arzobispo venía el capitán de su guardia, Ruy Ansúrez, más conocido como el Cuatrohostias.