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—No puede ser —concluyó Gatón.
Los años habían apagado aquella chispa que prendía sonrisas.
Había engordado, perdido pelo y, sobre todo, ánimos. Pero ya no era un simple boyero. Mateo le había dado la oportunidad de conseguir un trabajo mejor pagado y Gatón se sentía en deuda.
Sin embargo, el sentimiento flaqueaba.
—Tiene que ser —insistió Mateo inflexible.
Gatón se quitó el gorro. Y la marca del moreno, por debajo de un pelo cada año más tímido, le dio aspecto de salir de los talleres de pintura sin terminar.
—He ido hasta Castro Candade —repuso Gatón cansado—. A Sauceda...
Cansado y temeroso.
Cabizbajo, el antiguo boyero paseó por las pizarras. Y tuvo cuidado de no pisar los trazos de tiza. Hubiera sido más fácil quedarse en el sitio. O marcharse. Pero era incapaz. No podía estarse quieto.
Cuando alzó de nuevo el rostro no sólo había cansancio y temor, había también melancolía.
Mateo permanecía con los brazos cruzados. Tajante.
—Bai. Tiene que ser —repitió el maestro de obras cuando ambas miradas se encontraron.
—Mateo...
Una pincelada más de pena y hubiera sido una súplica. Gatón no podía ir más allá y mantener la dignidad.
Apretujaba el gorro entre las manos, entre los callos que las riendas habían dejado.
—Llevo más leguas encima que cien peregrinos... Es imposible.
Gundisalvo observaba la escena repasándose las encías con la lengua. Miraba a los otros dos como si estuvieran armados con arcos y la intención de soltar flechas.
Finalmente, como arrancándose una astilla, Gatón acabó por claudicar.
—Puede...
Mateo ni siquiera pestañeó.
—Quizá.... Cerca de San Paio —reconoció Gatón a regañadientes, al este de Santa María de Sobrado, puede... Pero traerla hasta aquí, con ese tamaño...
Maese Mateo apartó aquellos ojos, uno de cada color. No fue capaz de mirar al que había sido su amigo.
—Bai. Tienes una. Te resta encontrar la pareja.
Cada palabra irrevocable.
—¿Mateo?
—Encuéntrala.
Y Gatón estuvo a punto de callarse, pero aquel hombre, desmejorado, con el ceño fruncido, era su amigo. Lo había sido.
No pudo callarse. Y empezó a decir algo. Pero Mateo lo ignoró, ya se volvía para seguir atendiendo a los talleres.
Era una mañana ajetreada.
Llegaban soldados, armados hasta los dientes, hombres del cuñado de Mateo, mercenarios al mejor postor, traían un cargamento del carísimo lapislázuli.
Y el valor de Gatón creció. Era más fácil hablarle a aquella espalda. Mucho más fácil que a aquellos ojos, uno de cada color. Aquellos ojos intimidaban.
—Deberías comer algo... Conozco al que lleva ahora la vieja taberna del Rano... Podíamos...
Al menos, Mateo se detuvo, aunque no se volvió, sólo colgó un reojo del hombro. Con aquel ojo suyo claro como una helada, el que aún veía bien.
Era una mañana ajetreada.
Chirriando, llegaron también tres carros con sillares, piezas pequeñas.
Con las medidas que Mateo ordenaba, sólo faltaba escafilarlos y escuadrarlos.
Se traían ligeros, casi listos. Y con el arriero que guiaba los carros venía uno que llamaban el Cuñas, de la cantera de Penedo, y saludó a Gatón alzando una mano. Pero Gatón no lo vio.
Gatón no podía saber lo que iba a suceder en la cantera de Penedo. Gatón buscaba palabras.
—Mi abuela siempre me contaba eso del mouro de Cotobade, ¿conoces la historia? —preguntó el antiguo boyero.
Los carros y sus lamentos de madera pasaron por detrás. Los hombres de los talleres no recibían el cargamento con bromas. Nadie soltaba pullas sobre la madre del arriero.
Primero tragó, después Gatón continuó:
—Se decía que en un otero había enterrado un caldero con oro —por primera vez en su vida, Gatón contaba la historia sin un vaso de sidra en la mano y una sonrisa en la boca—, bajo unas piedras donde penaba un ánima...
Era una historia que comenzaba con desamores y traiciones, los de un labriego y la hija de un noble, en una cueva donde habitaba una sierpe gigante.
Los dos murieron, el uno por el otro, sin más consuelo que el imposible amor que se profesaban.
Y en la gruta, muerta la sierpe, había quedado cuanto los amantes habían robado para vivir una vida que nunca vivieron.
—Se cegó —le dijo Gatón a aquel ojo del color del viento—. Empezó a excavar.
En su versión era un piñonero engañado por una bruxa.
En otras era un cisquero atolondrado al que estafaba el espíritu de la moza muerta en la cueva.
El nombre cambiaba, el lugar cambiaba. Gatón contaba su versión.
La que había escuchado al amor del hogar, compartiendo con su abuela un currusco de pan, tostado y untado con nata de la leche ordeñada de amanecida.
Y todas las versiones tenían el mismo final.
—Cavó y cavó. —Podía ver a su abuela, que siempre decía que ya no tenía hambre y le dejaba la mitad de su currusco, podía escucharla—. Cavó en busca del oro...
Tuvo que hacer una pausa. Tragar de nuevo.
—No hacía otra cosa —insistió el boyero—. Cavar. Y cavar.
Aquel ojo. Era como si lo apuñalase. Pero Gatón continuó:
—La cueva se derrumbó...
Ahora eran los dos ojos, uno de cada color. Cielo y abismo. Claro y oscuro.
—... Quedó atrapado.
Fuera cual fuera la versión, todas decían que el pobre desgraciado seguía cavando. En algunas aún buscaba el oro. En otras lo encontraba y cavaba para salir de allí. Fuera cual fuera la versión, si uno se acercaba al lugar todavía podía escuchar el sisear de la pala en la tierra.
Gatón consiguió señalar, hacia los talleres, hacia los arxinas.
—Mateo, dicen que...
El maestro de obras no le dejó terminar. Caminó hacia él sobre los trazos blancos de los arcos, encerrados en las negras pizarras. Y el antiguo boyero se encogió. Entrecerró los ojos. En aquel cielo había violencia, en aquel abismo había violencia. La mirada de su amigo presagiaba violencia.
—¿Mateo?
Y Mateo llegó a su altura, como una tormenta, cayendo de lo más alto del cielo a lo más profundo del abismo.
—¡Encuéntrala!
No sonó como su amigo.
—¡¡Encuéntrala!!
Tronó, relampagueó. Pero no cayó la lluvia. La tormenta pasó de largo. No hubo violencia. Aquel cielo y aquel abismo se cerraron con calma, con un respirar laborioso, lleno de fuerza de voluntad. Y su amigo se marchó.
Era una mañana ajetreada, llegaba el arzobispo Suero. Y no traía buenas noticias.