VIII
Antes de la amanecida se oyeron en el taller las campanadas de dos cinceles mordiendo la piedra.
El maestro de obras y su hijo, siempre los primeros en llegar y los últimos en irse.
No podía decirse que pecasen de perezosos. Y no se decía. Lo que rumoreaban las mesas de las posadas, los peldaños de las escaleras, las esquinas de los callejones era diferente.
El siguiente en llegar fue el bastón del viejo Gundisalvo. Y, tras él, renqueando, pero con demasiado orgullo para buscarse quien le echase una mano, el xebo.
El xebo ya no tallaba, no le daban las fuerzas para martillar, pero se sentaba en el antiguo cepo de las herramientas. Y, desde allí, era Gundisalvo quien transmitía las órdenes y contestaba las preguntas.
—Mierda de años —rezongó malhumorado.
Así saludaba, en un pintoresco ritual en el que se le ocurría cada mañana una maldición diferente. Como un mártir, como si vivir tantos años fuera una penitencia por aquella fogosa juventud entre las piernas de la Juana.
Y tenía un repertorio tan amplio que nunca repetía su estrambótico saludo.
—¡Al carajo! Se va todo al carajo...
O, si apretaba la helada, se explayaba:
—Voy a acabar perdiendo los huevos, y les tengo aprecio... ¡Cojones!, aunque ya no sirvan de mucho.
Y si llovía.
—No soy un carajo de lechuga, por más que me rieguen no voy a cubicar más.
Y Mateo siempre correspondía con una sacudida del mentón y seguía trabajando.
No les hacía falta hablar. Los dos se entendían con una mirada.
Y el maestro de obras supo que había problemas en cuanto Gundisalvo empezó la jornada.
—¡Es una cabronada! ¡Una cabronada!
Mateo no abrió la boca. No merecía la pena. Era mejor dejar que el xebo terminase.
—Necesitamos a más como el asturiano, ¡carajo! —soltó entre reniegos—. O no la veré terminada —limpiándose la barbilla, señalando las torres sin terminar—. Es el único que cumple. Está por rematar.
Detuvo Mateo la maceta, se dio la vuelta y se apoyó en Daniel.
Aún no era más que un rostro surgiendo de la piedra, como un nadador del agua, pero ya se advertían los rizos, lo que serían los ojos, y los pómulos alzados de una sonrisa. Aquella piedra se convertiría en la cabeza del profeta Daniel.
Otros llegaban y se repartían por los puestos, o se avivan los fuegos. Se oyó al herrero comenzar su trabajo en el yunque.
—El asturiano tiene para murear una semana —repuso Mateo, intentando averiguar qué escondía el viejo.
Gundisalvo alzó una nalga del cepo y dejó escapar un largo cuesco. Después repasó con la lengua las encías, donde sólo quedaban dos muelas.
—Ese condenado Cirilo llega tarde. ¡Madre que lo parió!
Mateo entornó sus ojos, uno de cada color, y esperó.
Se escuchó a los madereros empezar, la sierra acompañaba de un modo musical el repicar de los martillos.
—Cásale la hija —chistó el viejo al fin—, al asturiano, no al jodido manco de Cirilo —aclaró con otro cuesco.
Y se tironeó de los pelillos de la nariz. Como si el asunto no fuera más que un comentario sobre el frío de la mañana, lejos de anunciar primavera.
Mateo dejó las herramientas junto a la cabeza de Daniel y se inclinó hacia el xebo, que se apoyó de nuevo en el bastón, para alzar una vez más una nalga. Pero no consiguió otra cosa que un gruñido insatisfecho.
—Necesita dineros —reconoció al fin Gundisalvo—. Para la mierda de la dote.
Fue como cerrar una puerta. Mateo recogió las herramientas, echó un vistazo a aquel demonio, y se preparó para continuar.
—No. Zaspeará como los demás —zanjó, con el cincel ya en la mejilla de Daniel—, para el final de la semana.
—Ayer se largaron otros dos —contraatacó el xebo—. Y echaste al muchacho ese del carajo, a... A Félix.
Era cierto, la tarde anterior, de malas maneras, el maese había despedido a un esportillero. Le había gritado delante de todos, y el zagal, envuelto en vergüenza se había ido con la cabeza gacha, mascullando.
—Era ladrón —repuso airado Mateo—, agiote.
—A lo mejor sí. A lo mejor no —la escena había causado desazón—.
Creíste al otro porque era veterano —el viejo hablaba con las palabras de muchos en los talleres, intentaba hacerle ver al maese que había sido injusto—, pero a lo mejor teníamos un carajo de mentiroso en casa y no un jodido ladrón. Y nos quedamos sin manos...
—Vendrán más —se defendió Mateo—. No hay arxina que no quiera murear en la catedral de Compostela —remató señalando con la maceta los muñones de las torres—. No hay otra igual —recalcó—. Es la más grande. Será la más grande. Y lo que aprendan hoy aquí les dará para murear mañana.
Gundisalvo se encogió de hombros.
—Bai —asintió el viejo—. Pero algunos prefieren pan duro hoy que gordas glorias mañana.
—¡Imbéciles!
El maestro miraba lejos, a los talleres, al futuro. A su creación. Su catedral. Un gigante de rodillas esperando para alzarse.
Ya se trabajaba en los remates de las escaleras, la cripta, así habían empezado a llamarla en la ciudad, se terminaría pronto, y el pórtico de entrada se levantaría en esa temporada. Aquel Daniel, aún preso en la piedra, recibiría a los peregrinos con la sonrisa más deslumbrante jamás tallada.
Los profetas a un lado, los apóstoles al otro.
Se alzaron cabezas en los talleres, para secarse las primeras gotas de sudor, para recolocar el cincel o apretar una cincha. Había más de cien hombres laborando en la explanada de la Trinidad y algunos advirtieron que el maestro miraba.
Todos volvieron al trabajo de inmediato, con prisa.
Todos con los ojos gachos y la barbilla hundida.
—¿No lo ven?
La pregunta del maestro quedó un instante sobre el profeta, hasta que el viejo la recogió.
—Ver... Cuesta de cojones ver cuando apañas con lo justo.
El viejo consiguió arrancarse un largo pelo de la nariz y lo celebró con un nuevo cuesco.
—¿Cuándo fue la última vez que subiste la condenada paga?
El maestro no contestó y el viejo, que se limpió los dedos en el borde de la túnica, aprovechó el silencio y volvió a rebuscarse las narices.
—A mí ya no se me pone dura, y la Juana ya no está... —una sombra melancólica acentuó las arrugas—. Me sobra para las tortas del Cirilo.
Mateo reaccionó de inmediato.
—Si precisas, dímelo —urgió—, lo que necesites.
Aunque era difícil ver las emociones en aquel rostro con un ojo de cada color, el viejo no tuvo dudas de la sinceridad.
—Xilón —dijo con cariño, como si no hubieran pasado ya veinte años—, yo soy un viejo, me apaño con las tortas del Cirilo y una sardina salada de Pascuas a Ramos.
Por primera vez el viejo abandonó los pelos de las narices, los cuescos y las encías y usó el bastón para tocar el pecho del maestro.
—No le des más razones a ese malparido aborto de Sisnando —concluyó el xebo.
Los labios de Mateo se fruncieron como si bebiese vinagre.
—Nunca debí nombrarlo oficial...
—Agua pasada no mueve el carajo del molino —lamentó Gundisalvo.
—¿Qué anda parlando ahora?
El xebo encogió los hombros, como si no tuviera importancia, pero contestó:
—La misma mierda de siempre. Que él lo haría mejor. Que podría irse de maestro a otro lugar. Que no falta donde trabajar. Y...
Caviló un momento el viejo, sopesando la conveniencia de contarlo todo o guardarse algo. Y, tras echar un vistazo en derredor, se decidió por lo primero.
—... Y que eres maese porque le reventaste las tripas a Verrondo.
Los puños de Mateo se crisparon. Por desgracia, Gundisalvo no había acabado con las malas noticias. Se limpió la barbilla, con aquel gesto tan suyo con el dorso de la mano, y señaló, por fin, el estercolero al que, durante semanas, habían intentado hacer pasar por huerto florido.
—La misma mierda de siempre. Aunque últimamente tiene más orejas que lo escuchan...
La rabia de Mateo se transformó en preocupación.
—¿Y quién azuza?, ¿el Cuatrohostias?, ¿es él?, ¿anda detrás? —preguntó apurado.
Gundisalvo volvió a encogerse de hombros.
—Si no fuera por el jodido arzobispo...
No pudieron terminar. Gatón llegó con noticias.