VII
No sólo la catedral tenía una nave principal casi terminada. Los talleres también habían crecido.
Los cien maravedíes anuales prometidos por el rey Fernando se habían empleado a conciencia. Saltaba a la vista.
Nadie en su sano juicio podría murmurar en las tabernas que el maestro Mateo despistaba un solo marco. Y no era de eso de lo que se hablaba. Muchos susurraban. En las tabernas, en las fuentes y en los mercados. Cientos murmuraban sobre el maese, pero nadie ponía en duda su honestidad.
Sólo faltaba aquella última fachada al occidente, hacia el Finisterre.
Y los talleres habían crecido.
Sogueros, carpinteros, horneros. Los que herraban los bueyes, y sus boyeros, que no necesitaban herraduras, pero que a veces abusaban del vino.
Y arrieros, y albañiles, capataces y alarifes.
Oficiales. Dos puestos de carreteros propios, responsables de que las ruedas a cargo de los bloques de las canteras o los troncos para los andamios se entregasen siempre.
Cocinero para el rancho. Aprendices, esportilleros, recaderos.
Además, estaban los pintores, para los que Mateo hacía traer lapislázuli del Beluchistán. Pasaban el día como alquimistas, haciendo sus mezclas en morteros, en continuos correveidiles al escritorio de la catedral para hablar de tintas y pigmentos.
Buena parte de la explanada de la Trinidad albergaba un dédalo de puestos y tenderetes, incluyendo barracas donde dormían los eventuales y los que ahorraban hasta la última moneda porque tenían familias lejos.
Los talleres habían crecido.
Y en el centro, a la vista de todos y donde él podía verlos a todos. Bajo lonas enceradas sostenidas por largas varas de abedul, la tienda del maestro de obras. Abierta.
Sin secretos. Y sin lujos. En el suelo no había alfombras, sino pizarras, grandes lajas sobre las que Mateo, con trozos poco cocidos de cal usados como tiza, dibujaba las monteas de los arcos, torales y fajones. Los despieces que marcaban a cada arxina cómo hacer su trabajo.
Y, en el centro, aquella pieza que tallara un franco de nombre Triboulet.
Un demonio que arrastraba a los infiernos a un pobre desgraciado.