Suseia (Camino de Santiago 2) VI
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VI

Llegaron a los talleres.

El padre caminando como hecho de alambres. Y, a unos pasos, el hijo, como un muñeco de trapo.

Y ambos querían hablarse. Ambos se miraron con disimulo. Ambos estuvieron a punto de acercarse.

Ninguno de los dos lo hizo.

El único con el buen juicio de mostrarse sincero fue Ferruxo. Un gatazo anaranjado al que una noche de ronda había dejado tuerto.

Él sí se acercó a saludar a Mateo, al padre, y se le enredó en las piernas hasta que el cantero hizo lo que no pudo hacer con su hijo.

Lo tomó en brazos y rascó entre las orejas. Ronroneó tan alto como los carpinteros cuando serraban travesaños.

Otros gatos andaban por los talleres, pero Ferruxo era el único que se dejaba acariciar. Tras tantas madrugadas siendo el primero en llegar, y el último en irse, el gato había terminado por hacerse amigo del maestro de obras.

Y Mateo confiaba en su criterio. Le hablaba. Y le pedía opinión sobre sus dibujos.

Con el gato sí se sinceró.

—Qué mal fixe? ¿En qué me equivoqué yo?

Se lo preguntó al gato, pero miraba hacia su hijo, que ya encendía los hachones.

Mateo, el hijo, cabizbajo, arrastraba los pies, iba de un lado al otro como alma en pena, y arrimaba candela a los hachones.

Y su padre decidió apartar sus ojos, uno de cada color.