Suseia (Camino de Santiago 2) V
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Contra el manto de la noche, la catedral quedaba envuelta en magia. Salida de una antigua leyenda.

En los tejados y el cimborrio se prendían jirones de niebla helada.

Y la catedral se convertía en un gigante acostado sobre la ciudad, imponente. Enorme. Orgullosa. E inacabada.

Desde donde el padre y el hijo discutían, la catedral ofrecía su lado sur, una sucesión de altísimas arcadas que se abrían en dos hileras de ventanas que, durante el día, verterían luz sobre la nave central. Y cada hilera punteaba una de las dos alturas del templo.

La fachada sur vigilaba el barrio de los orfebres y, sobre ella, se elevaba a los cielos el cimborrio, capaz de atrapar las estrellas.

Y hacia el occidente, hacia el oeste, el mar.

De donde había salido aquella bestia apocalíptica.

La catedral seguía abierta. Una boca desdentada de la que salían los andamios y puntales que se convertirían en la fachada de la Trinidad.

—Una puerta a los Cielos —había pedido el arzobispo Suero.

Y quizá algún día lo sería.

—Una entrada a la Jerusalén celeste —había ordenado su eminencia.

Con eso mismo soñaba el maestro de obras, cuando la angustia por su hijo no le robaba el sueño, cuando el miedo a fracasar no lo atenazaba.

—El apóstol acogerá a los peregrinos —había exigido el arzobispo.

Algún día. Esa noche, bajo los jirones de niebla, que flameaban en los andamios como banderines, la entrada oeste de la catedral era sólo un sueño, el sueño de su maestro de obras.

Un sueño que a veces se convertía en pesadilla.

Pero, algún día, estaría coronada por dos torres. Dos y no una, dos torres que enmarcarían un pórtico como jamás se había visto.

—Encogerá el alma —había dicho Suero.

Algún día.

Esa noche, entre la niebla, las torres eran dos tocones, talados a la altura de la nave principal.

Ya no existía el socavón de la Trinidad.

Ahora el socavón se había convertido en los pies de las torres, y en una capilla, y en magníficas escaleras.

Y las torres crecerían, y la capilla dejaría de parecer una cripta excavada en la tierra, y las escaleras llevarían hasta la nave, y la nave al altar, y el altar al apóstol.

Algún día.

Algún día se podrían retirar las enormes grúas de rueda que subían los sillares. Se verían las torres rascando las nubes. Un rosetón vertería luz en la capilla. Los peregrinos ascenderían las escaleras y se toparían con un pórtico inigualable.

—Loa al señor —había dicho el arzobispo.

Algún día. Pero no todavía.

Mateo llevaba razón. Él, su hijo, y todos los arxinas de los talleres tenían trabajo. Por muchos años.