IV
Ya no era el pequeño Mateo. Era más alto y fuerte que su padre. Aunque para el maestro de obras siempre sería su pequeño.
No protestó. No se quejó. Se levantó como su padre había pedido.
En silencio se echó agua en el rostro. En silencio se vistió. Y en silencio salió con su padre a una madrugada que aún esperaba los gallos. Ni siquiera Cirilo, que había tenido tiempo de hacerse viejo, había sacado aún su carromato y sus tortas a las calles de Compostela.
Padre e hijo no tuvieron otra compañía que los gatos, y las estrellas, con aquel trazo de leche derramada que cruzaba las obras de la catedral y se perdía hacia el oeste.
El oeste, de donde había salido la bestia.
Mateo, el padre, tuvo que reprimir un escalofrío.
—Quizá Gatón traiga buenas nuevas...
Su hijo no levantó la mirada del suelo. Caminaban juntos. Pero entre ellos mediaba un abismo que ninguno se atrevía a cruzar.
Y el padre insistió:
—Hainas de invenar —dijo asintiendo—, Gatón las encontrará...
El hijo tenía otras preocupaciones. Habló cohibido.
—Si acabo pronto...
No terminó, como si temiese a las palabras. Aunque, tras soplar sus rebeldes cabellos en un gesto calcado al de su padre, terminó su pregunta.
—Si acabo mi talla, ¿podré ir a practicar con frade Zonio?
El padre se envaró, como si le hubieran dado un puntapié.
—Demenciaches? Esos condenados estragáronte los sesos.
El padre negó. Se detuvo, bruscamente. Y obligó al hijo a mirarlo a los ojos. Le alzó el mentón con una mano hendida por veinte años trabajando la piedra.
—Quoties? ¿Cuántas veces he de repetirlo yo?
Mateo, el hijo, no contestó. La pregunta no esperaba respuesta.
—Tienes una oportunidad —gruñó el padre—. Habes ocasion. Una que no tuve yo.
Tampoco respondió, y las manos del padre aferraron con fuerza los hombros del hijo.
—¿Vas a ghicharla?
Esta vez, el hijo quiso contestar, pero el padre no le dejó intervenir.
—No rematarás. Restan años para rematar. Annos!
Y el padre señaló hacia las obras de la catedral, enmarcadas por una luna de invierno.