III
Su pelo tenía canas. Y ya no era tan rebelde. Sus ojos arrugas. Pero seguían siendo distintos, uno de cada color.
En los veinte años transcurridos desde aquella mañana en la explanada de la Trinidad, el sano había clareado, hasta hacerse del color de las heladas que partían los bloques de piedra. Sin embargo, el otro ojo, el que había sacrificado para aprender el oficio de arxina, seguía oscuro como una sima.
Y los dos, uno de cada color, se clavaron en el libro.
Había salido del escritorio de la catedral. Un préstamo del arzobispo Suero.
—Encontrarás inspiración.
Como siempre, el arzobispo daba la respuesta con adelanto.
Habían pasado muchas tardes hablando sobre las obras. Habían buscado juntos las soluciones. El arzobispo desde la fe. Mateo desde el arte.
Y en aquel libro se hablaba de la Jerusalén Celeste, en aquel libro, y en otros similares se guardaban enseñanzas como las de aquel profesor que el arzobispo Suero tuviera en París.
Ésas eran las ideas que viajaban por el camino a Santiago de Compostela.
Lo había escrito un monje de San Martín de Turieno y se titulaba Commentarium in Apocalypsin.
Estaba allí, sobre la mesa.
Y allí estaba la bestia.
Lo miraba desde las páginas de pergamino.
Siete cabezas y diez cuernos.