II
Se despertó jadeando. Empapado en sudor frío. Tiritando. Con los dientes crispados.
Y ni siquiera despierto logró espantar el horror.
La pesadilla quemaba. Su nuca y su pecho. Detrás de los ojos.
Aldonza no se movió. Respiraba suavemente, mecida por el sueño. Y, por un momento, cuando el fuego de la pesadilla empezó a aquietarse, Mateo acercó una mano temblorosa al hombro de su esposa.
—Dime que no soy mi padre yo —le habría pedido.
Su mano aleteó sobre la mujer.
—Júramelo. No soy como él.
No abrió la boca.
Los dedos se cerraron lentamente. Como lo habrían hecho los del viejo Gundisalvo, comidos por la reuma. Su mano se hizo un puño.
Y lo apartó de su esposa.
Se levantó. Se echó agua de la jofaina en el rostro y descendió a la planta principal. En las escaleras, aunque tenía la costumbre de no pisar ciertos escalones, como si los charcos de sangre aún estuvieran allí, sus pies no obedecieron, bajó a trompicones.
Allí estaba la puerta que, en tiempos, había dado al taller del orfebre, ahora volvía a pertenecer a la casa, Aldonza le había dicho que no pensaba consentir que sus trastos estorbasen en la estancia principal de la casa.
Y, hacía ya diez años, Mateo había comprado el antiguo taller del maese Reuben.
Abrió la puerta con decisión, con prisa. Tras él quedó un rastro de pisadas húmedas, de sudor y no de la sangre que se había limpiado antes de que, como nuevo maestro de obras, Mateo y su familia se mudasen.
Había vuelto a convertirse en un taller.
Aunque ya no se hacían joyas. Ya no había plata. Ni oro. Ni azabache.
Había dibujos. Cientos de dibujos. Y tallas en madera. Y modelos, como juguetes para un crío, algunos los había usado el pequeño Mateo, antes de que los años le quitasen los juegos de la cabeza. Modelos de andamios, grúas, cimbras. Lo que necesitaba un constructor para imaginar, planear y pensar.
Una gran mesa de cerezo ocupaba el centro de la estancia.
Mateo la barrió con el brazo.
Dibujos que eran un rostro en el mercado, un pedigüeño con el que se cruzara al ir a los talleres, una de las hijas del asturiano. Gentes de Compostela que él había transformado en apóstoles, profetas, vírgenes y místicos.
Y bocetos, incontables, de la fachada occidental, que no tendría una torre.
Un escalofrío lo sacudió. Se palmeó la nuca. Sopló el pelo que le caía frente al rostro.
Y, cuando los dibujos cayeron al suelo, el libro quedó a la vista.
Allí estaba, en las páginas del libro, mirándolo.