De Trinitate
Libro II
1188
Cabezas y cuernos
I
Tenía siete cabezas y diez cuernos.
Salió del mar, del fin del mundo, del Finisterre, negra como el aceite de roca. Y se abalanzó sobre Compostela. Una jauría de colmillos entre lenguas de sierpe con un solo destino, la desolación.
Era la bestia.
Sobre sus cuernos diez coronas, y sobre sus cabezas nombres de blasfemia.
A su paso todo quedaba convertido en cenizas, y la seguía una tormenta que escupía la misma sal de Sodoma y Gomorra.
Era la bestia. Y se abalanzó sobre Compostela.
Era como un leopardo, con patas como las de un oso. Cubierta de escamas. Y los siete cuellos de las siete cabezas eran látigos.
Sus bocas eran las de leones hambrientos. Y la montaba una ramera que había engañado a los reyes.
Sus garras destrozaron la muralla y la bestia entró en Compostela. Tras ella moría hasta la misma muerte. Todo era desolación y escombros.
Llegó a la catedral entre gruñidos que hacían temblar las piedras. Sacudía sus cabezas y buscaba sangre de la que alimentarse.
Una de sus patas, de zarpas afiladas, aplastó a una niñita. La pequeña quedó paralizada por el terror. Y el hombre gritó. Pero no sirvió de nada. Las garras, amarillas, purulentas, infectadas de odio, cayeron sobre la pequeña.
Una muñeca de paja salió despedida. Y el crujido de los huesos fue el de un caparazón bajo la bota.
La bestia avanzaba y otra de sus patas arrancó de un zarpazo la Fuente del Paraíso. Y se llevó, en una de las garras, como un retal, la madeja de tripas del peregrino junto a la fuente. Y las tripas salieron despedidas. Quedaron colgadas de los tejados de la catedral.
El hombre gritaba.
Todos gritaban. Huían. Unos pocos se arrodillaban y rogaban a los cielos. No importaba. La bestia había surgido del mar. Enfurecida con el hombre y su creación. La bestia destruiría la catedral.
Trepó a los tejados salpicando tripas. Y las piedras crujían, los maderos se rendían, la bestia sembraba destrucción.
Temblaban los sillares. Caían pegotes de mortero, se rajaban los arcos.
El crucero se derrumbaba y la bestia avanzaba sobre los tejados, hacia el oeste, como si quisiera regresar al mar.
Cuando sus garras se cerraban sobre las piedras, las deshacían. Se convertían en guijarros y polvo.
Destruía la catedral.
El hombre, de espaldas, gritaba. Se desgañitaba. Pero no le hacían caso. Peregrinos, mujeres, niños, frades. Morían aplastados. Descuartizados por la bestia.
Y la bestia no se detenía. Avanzaba. Inexorable. Era la venganza hecha muerte.
Castigaba la soberbia.
La bestia avanzaba, hacia occidente, hacia la explanada de la Trinidad, hacia el hombre y los talleres.
A los pies de la catedral estaba aquel socavón. El terreno caía humillado y allí se levantaba una torre. Una torre en la que anclar una gran fachada, una torre sobre una enorme cúpula, de arcos tan altos como jamás se habían visto, una torre que se elevaría a los cielos.
Tenía pecas, y una mirada llena de angustia. Aún caminaba como si fuera un reto, con pies inseguros. Lloraba, llamaba a su madre entre largos mocos pegados a la barbilla. Y su madre era un guiñapo aplastado bajo una columna.
Una de las cabezas de la bestia se sacudió. Un látigo de carne y destrucción. Y uno de los cuernos empaló al crío. Y lo arrastró a los cielos salpicando sangre sobre las losas nuevas de la catedral. El suelo quedó regado de muerte.
Y los gritos aún se escuchaban.
El hombre, de espaldas, cayó de rodillas, impotente.
Estaba en los talleres. Junto a él había un cincel y una maceta.
Y sobre la cabeza del hombre se veía la torre, una torre que aún necesitaba un esqueleto que sujetase los arcos de la base. Y, tras la torre, la bestia, que destrozaba los tejados, que sacudía sus siete cabezas.
El hombre, de espaldas, de rodillas, negaba, sacudía el mentón con rabia, y sus lágrimas caían sobre sus hombros.
No podía moverse. Sólo lamentarse.
La bestia se detuvo.
El crío, empalado en el cuerno, se agitaba. Lloraba con fuerza. La vida se le escapaba con cada grito. La carne se desgarraba, los huesos se rompían.
La bestia se detuvo, se aferró a la torre sin terminar, a aquella torre que se levantaba como ninguna antes lo había hecho, sobre una cúpula como sólo se había visto en Roma.
Habría sido una torre colosal. Habría hecho palidecer de envidia a la misma Babel.
La bestia se detuvo y clavó sus garras en la torre, que ya nunca se terminaría.
El hombre, de espaldas, de rodillas. Alzó las manos. Rogó clemencia. Pidió merced. La torre era su obra. Era suya.
Y la bestia rugió a los cielos y los cielos ennegrecieron.
La torre era orgullo. La torre era soberbia. Y el hombre sería castigado.
La bestia volvió a rugir. Y los cielos se volvieron fuego. Se inflamaron como grasa caliente.
El hombre rogó. El hombre alzó las manos. El hombre se humilló.
Y la bestia no lo escuchó.
La bestia hincó las garras en la torre y la torre se deshizo. Barro entre aquellas garras amarillas, de azufre, de pus.
Y el hombre, de espaldas, de rodillas, levantó su cabeza y aulló hacia los cielos en llamas.
La torre. Su torre. Se desplomaba.
Las siete cabezas de la bestia reían. O gruñían. O rugían. Y parecían reír.
Lenguas bífidas probaban las llamas de aquellos cielos. Y hasta el hombre llegó el terrible hedor de carne asándose.
La torre se derrumbaba. Aplastaba a mujeres, a niños, a frades, a peregrinos. La torre mataba. Su torre mataba.
El hombre gritaba desesperado.
Y, por primera vez, vio el rostro del hombre. Crispado. Roto. Lo vio y lo reconoció.
Era su padre.
Era Arrio.
Su padre. Con lágrimas en los ojos. Y en esos ojos la culpa. Una culpa oscura.
Era su padre. Lo vio ahora. Lo reconoció. Eran los ojos de su padre y, lentamente, poco a poco, al ritmo de un suspiro, uno de aquellos ojos cambió de color.
Uno era claro como el mar del que había salido la bestia.
Otro era negro como una sima.
Entonces lo oyó. Habían pasado años. Pero era inconfundible. Jamás la olvidaría. Eran dos. Dos que se hacían una. Dos melodías que se apareaban como sierpes frenéticas. Que aceleraban hasta el vértigo.
Que amenazaban con tronzar las cuerdas del organistro.
Y Mateo despertó.