Suseia (Camino de Santiago 2) XV
27%

XV

El rey tomó el documento de manos del escribano.

—Aquí descansan en gloria —anunció—, mi abuelo, ¡el conde de Galicia! Raimundo de Borgoña, y mi madre, mi santa madre...

La multitud rugió, todos imaginaban lo que estaba por suceder. Anhelaban que sucediera. Espantaría el hambre. Después de años de escasez, Compostela florecería.

—... Compostela será panteón real —continuó el rey—. Aquí quiero quedarme para siempre, a la vera del apóstol Santiago, patrón nuestro.

Vivas y hurras flotaron sobre la explanada de la Trinidad.

También entre los notables, aunque no para todos. El conde de Traba, con expresión de masticar una almendra amarga, hizo un gesto a un lacayo, que se acercó a toda prisa y puso la oreja para escuchar una orden.

Y el rey leyó el documento como un pregonero.

—... Fernando, rey de las Españas, por amor de Dios, por quien reinan los reyes...

Apenas se oía, muchos habían empezado a aplaudir. Y los pastores, que eran los que mejor sabían hacerlo, a silbar.

—... te concedo a ti, maestro Mateo, que posees la primacía y el magisterio de la obra del apóstol...

Mateo no apartaba los ojos de su hijo.

Ni siquiera vio el gesto de orgullo que cruzó el rostro de Aldonza. Una expresión que, aunque parecía imposible, creció con las siguientes palabras del rey.

—... dos marcos a la semana...

Isabel susurró algo al oído de su marido y señaló a Mateo. Y el mercader acabó por asentir de mala gana, haciendo de su papada una marejada de carnes. Su esposa tuvo que insistir, como si no quisiera hacerle caso.

En el grupo de los notables hubo movimiento, Mateo se fijó en el conde de Traba, había visto su comitiva pasar unas horas antes, reconocía el escudo. Un hombre curtido se acercó hasta el noble.

Estaban pasando tantas cosas a un tiempo que a Mateo le costaba respirar, pero no dejaba de ser cantero. El sirviente de la casa de Traba se inclinaba hacia el noble. En medio del barullo, mientras el rey leía el pergamino, nadie le prestaba atención, pero Mateo no podía evitarlo.

Traía en sus manos un legajo. Sería un mensajero.

Mateo no lo había visto en su vida, pero lo reconoció.

El noble querría enviar una nota, quizás a los portugueses.

Pero Mateo vio una epístola. Lo reconoció, de inmediato.

Aquél era Saulo, Pablo de Tarso, iluminado por la luz divina de la conversión en su camino a Damasco.

El rostro afilado, la nariz aguileña, los cabellos ralos y la barba floja. Era el mismo san Pablo.

Hidacio le chilló de nuevo a la gárgola. El resto de la multitud, incluso algún limosnero, ninguno de los ladrones, rugió una vez más, Mateo miró un momento a la explanada y aquel san Pablo se había ido ya.

Mateo no tuvo ocasión de pensar en ello, de entre las gentes de Compostela salía su nombre, una y otra vez, lo coreaban mientras el rey leía.

Sólo miró una vez más hacia el grupo de los nobles. Luego buscó a su hijo. Era a su hijo a quien quería ver.

—... durante toda tu vida, para que siempre la tengas, y para la obra de Santiago y su catedral...

Jamás se había sentido Mateo así. Lleno, completo.

Allí estaba su hijo. Su hijo no viviría a la sombra del fracaso. Mateo era lo que coreaba toda Compostela. Y el rey le ofrecía, al fin, un cargo como maese.

Un sueño hecho realidad. El estómago lleno de mariposas, los ojos, uno de cada color, parpadeando para contener las lágrimas, las manos temblorosas.

Costaba creerlo.

Hasta que sintió la necesidad de palmear una chinche que trepaba por su nuca. Podía notar las pequeñas patas, el inconfundible cosquilleo.

Levantó la mano.

La bajó.

Y, cuando consiguió reprimirse, oyó el inconfundible tañido de las cuerdas.

Las notas peleándose en el aire. La melodía creciendo en velocidad. No, dos melodías haciéndose una.

Acab y Acaz. Discordia.

El lamento de las cuerdas de un organistro, el lamento que había roto la helada.