XIII
Como si los guiase entre charcos, Armengol acercó al arzobispo y a Mateo hacia el escribano.
Pese al alboroto, pese a los nervios, Mateo se fijó en la nariz aguileña y rotunda, aquel escribano cortaba el aire en lugar de respirarlo. Su rostro tenía la fuerza de un rey del pasado.
—¿Nombre?
Lo preguntó con hastío. Le daba lo mismo. Mateo podía haber contestado cualquier cosa. Ni siquiera alzó la vista mientras afilaba el cálamo con el que escribiría la respuesta.
La multitud rugía. El rey hablaba. Había algo sensual en el vaivén de la gente.
El escribano repitió la pregunta.
—Mateo.
Sin echarse atrás. Confiado. Alzando aquellos ojos, uno de cada color.
Y el escribano asintió, y escribió en el pergamino, del que colgaban los sellos de la casa real, y que estaba orlado, y con grandes letras iluminadas de tintas aún frescas.
El escribano tenía que sujetar la pluma como si sus dedos fueran las largas patas de una araña en su tela, para no emborronar lo escrito.
Y allí, en la multitud, Mateo reconoció rostros. Vio a Cirilo, también al locuelo de Hidacio, a los canteros. Y descubrió lo que le faltaba. Porque algo le faltaba.
Tuvo que hacer un esfuerzo por respirar. La emoción le apretó la garganta.
Entre los mercaderes. Allí estaba.
—¿Y el cargo? —preguntó el escribano.
Pero Mateo no contestó, no podía dejar de mirar.
Allí estaba aquel odioso inglés. Y la hermana de Aldonza. Y su esposo, gordo y ahíto, con su rostro abotagado y las narices enrojecidas por el vino, con su sonrisa de suficiencia.
El inglés le susurró algo a Aldonza, pero ella no escuchaba. Miraba hacia arriba, hacia la nave de la catedral, hacia la comitiva del rey. Hacia Mateo.
El arzobispo comprendió de inmediato. Suero, como siempre, estaba tres respuestas por delante de la pregunta. Fue el arzobispo el que le dijo al escribano lo que debía poner el documento.
Mateo seguía mirando al grupo de mercaderes.
El inglés, como Aldonza no le hacía caso, bromeaba altivo con su socio. Bromeaba para disimular la inquina. No le gustaba lo que veía y disimulaba fingiendo que no le importaba.
Y, delante de ellos, con el rostro iluminado por una sonrisa. Con papelajos en una mano y carboncillo en la otra, estaba el pequeño Mateo, su hijo.