XII
El rey Fernando actuaba para su público, pero advirtió el gesto de su mayordomo.
Con disimulo, Armengol señalaba al arzobispo y asentía.
Y el rey cambió su discurso.
—El faro de la cristiandad —comenzó bajando una octava la voz—. Más que Jerusalén, más que Roma. ¡Eso es Compostela!
La multitud rugió. En las primeras filas los soldados de León animaban a los espectadores a dar palmas.
—¡¡El hogar del Zebedeo!! ¡¡¡Del hermano de Cristo!!!
Al arzobispo Suero le pareció que no hacía falta exagerar, pero el rey sabía lo que hacía.
La multitud clavaba sus ojos en el rey. Tan cargado estaba el ambiente que nadie se hubiera sorprendido si empezaban a caer relámpagos.
El rey miró a unos y a otros, asintió hacia los nobles, también hacia los mercaderes, extendió una mano hacia un grupo de lavanderas, arremolinadas al borde del socavón de la Trinidad. Echaban la cabeza atrás y parecían pajarillos en un nido, esperando una lombriz.
—... De Portugal, traeremos un buen botín...
Ahora señaló a un grupo de chicuelos encaramado a un andamio. Y a cuatro leñadores. Y a un boyero.
Hizo entonces un gesto el rey, y sus hombres dispusieron una mesa y una silla de tijera, allí a la vista de todos, para que tomase asiento un escribano que sólo podía tener raíces moras, de rosto aceitunado y cabellos negros como el carbón.
—... y con ese botín...
En la multitud hubo quien se puso de puntillas. Y un arriero que comía un trozo de empanada se quedó con la boca abierta y los dedos brillantes de grasa.
—... le daremos otra lección a París. A Maguncia. ¡A Conques!